miércoles, 23 de junio de 2004

Claudio el dios: estudio médico (I)

Entre bátavo y bátavo, por no cansar demasiado, recopilo unos cuantos mensajes de la lista provincial de hace algun tiempo.

Prescindiendo de lo que todo el mundo sabe sobre Claudio, la crónica que sigue es sobre sus patologías, básicamente.

A modo de introducción, unos cotilleos:
El princeps se desposó en cuatro ocasiones. La primera con Plaucia Urgulanila; fruto de este matrimonio nacieron Druso y Claudia; la segunda con Aelia Patina, con la que tuvo a Antonio; en ambos matrimonios, los desposados llevaban una vida independiente, y terminaron en divorcio (sería por eso que no dejó
viudas en este momento de su vida, seguramente...)
Claudio se desposó en terceras nupcias con Mesalina, cuando el
emperador contaba cincuenta años y su prometida, tan sólo,quince. Se trataba de una joven dotada de gran belleza y que pronto se hizo famosa por su impudor, y que segun dicen, mantuvo relaciones extramatrimoniales con multitud de súbditos del emperador. No conformándose con eso, ejerció la profesión más antigua de la humanidad en prostíbulos del barrio de la Suburra (tremendo, no???), llegando a competir en cierta ocasión con una prostituta de renombre, a la cual ganó, ya que Mesalina llegó a hacer el amor veinticinco veces en veinticuatro horas, sin duda una
gran hazaña.
Claudio acabó descubriendo las infidelidades de Mesalina y ordenó su ejecución. Finalmente, Claudio se casó con su sobrina Agripina, la hermana de Calígula, la cual le envenenó con la ayuda de Jenofonte, el médico personal del princeps.

Y ahora, un aviso: los estudios y descripciones médicas llegan a resultar un ladrillo mortal de necesidad (y eso si que no es culpa mía), de modo que recurro al lenguaje abstruso cuando no hay más remedio.

De entrada, en plan hipotético, una semblanza sobre las posibles
patologías de Claudio ( recuérdese que los métodos diagnósticos de la época, con ser bastante mejores que los de la Edad Media, no eran precisamente sofisticados)

He aqui algunas descripciones someras de las recogidas por los sin
duda objetivos cronistas de la época:

1-... era cojo, terriblemente feo, jorobado y tartamudo...

2-... subnormal y depravado...

3- Su madre, Antonia, le llamaba "caricatura de hombre"
y "aborto", términos que hacen sospechar que su nacimiento fuera
prematuro (y poco oportuno, añadiría yo..)

4-... padeció, a lo largo de toda su vida, tics asociados con el
movimiento y con estados emocionales, lo cual motivaría que su
familia tratara de evitar su presencia en actos públicos.

5- ... padeció una debilidad de ambos miembros inferiores, la
cual obligaría a Claudio a leer sus informes ante el Senado sentado, y no de pie como era la costumbre de la época.

6- Su marcha era titubeante, con caídas frecuentes al más mínimo
tropiezo (esto se debía, probablemente, a una contractura anormal de sus piernas)

7- Padeció alteraciones de la locución, contractura de la
musculatura peribucal (que generaba una emisión continua de saliva)y una risa espasmódica (bueno...esto, si no me equivoco, junto con lo mencionado en el punto 4-, es un bonito síndrome de Gilles de la Tourette)

8-... fue durante toda su vida un gran comedor y un gran bebedor,
aquejado de numerosos problemas digestivos, hasta el punto de barajar suicidarse, en alguna ocasión, por no soportar sus "stomachi dolore" (y el omeprazol sin inventarse...).

9-... se quejaba de calambres gástricos, que podían estar en
relación con una pancreatitis crónica, secundaria a la ingesta
desorbitada de bebidas alcohólicas, a patología ulcerosa o a
dispepsia no ulcerosa. (Las digestiones imperiales eran tan molestas que motivaron la publicación de un edicto imperial, que permitía a los comensales poder eructar durante las comidas, considerando que dicha acción era muy saludable).

10-Los excesos dietéticos le provocaron, al igual que a otros muchos reyes y emperadores, crisis gotosas (quamuis podagricus), que han sido documentadas por varios historiadores.(Séneca la menciona en su Apocoloquintosis (13,3) cuando describe la marcha del emperador hacia los infiernos: "...el camino está en pendiente, el descenso es fácil, por eso, pese a su gota, llega en un instante a la puerta de Plutón...").

Ahora, yo debería hacer un sesudo comentario sobre qué es y demás
detalles de la supuesta parálisis cerebral de esta pobre criatura...

Aquí se pueden sistematizar tres sistemas alterados: de una parte,
sistema nervioso (probablemente periférico), de otra, aparato
digestivo, siendo el tercero el sistema de regulación neuroendocrina.

Sistema nervioso: se puede asegurar, con alta probabilidad de no
equivocarse, y a la vista de la falta de antecedentes médicos de
malformaciones y/o taras familiares, que la mayoría de las
afectaciones neurológicas que padeció Claudio estarían en relación
con una paraplejia espástica de Littre, secundaria a un proceso
anóxico intrauterino o durante el periparto (Hay que recordar que su madre dio a luz en plena campaña contra los bárbaros).
Como esto sería ser demasiado preciso, y ya digo que los medios de
diagnóstico complementarios prácticamente no existieron hasta el
siglo XX, si cabe encuadrar todos sus déficits neurológicos en lo que vulgarmente se conoce como parálisis cerebral, pudiéndose denominar así a todo trastorno motor no progresivo de origen cerebral, que generalmente se produce antes de los 2 años de vida. No sólo incluye parálisis, sino también ataxia y coreoatetosis.
Antiguamente, se creía que todo lactante menor de 6 meses con
hipertonía flexora de extremidades superiores y extensora de
extremidades inferiores, tenía casi con seguridad un daño cerebral no progresivo, es decir una parálisis cerebral.
Sin embargo, ahora se sabe que varias enfermedades degenerativas del sistema nervioso central (SNC) se expresan muy precozmente en los primeros meses de vida, generalmente con síndrome piramidal asociado a compromiso sensorial (hipoacusia, amaurosis).
Entonces, hay que sospechar enfermedad neurodegenerativa o error
congénito del metabolismo en todo lactante o recién nacido sin
antecedentes de noxas peri o postnatales que muestre sintomatología neurológica severa.
Como no hay manera de saber qué curso exacto tuvo su nacimiento, ni el peso al nacer, ni los resultados del test de Apgar, ni ninguno de los parámetros que se utilizan actualmente para
establecer diagnósticos, siquiera sea por exclusión, habrá que
conformarse con suponer que la hipótesis más factible sea la de la
enfermedad de Littré)

Un 10 a 15% de las parálisis cerebrales son adquiridas a través de
una lesión cerebral conocida, generalmente por infecciones o traumatismos después del primer mes de vida. (Esto es algo bastante poco fiable,para que nos vamos a engañar...dependiendo de los distintos autores médicos y su variada experiencia, las conclusiones van de un extremo a otro. Por algo se dice que, en medicina, dos y dos nunca son cuatro)

En el lactante se puede ver compromiso piramidal con hipotonía,
pero destaca la hipertonía distal, que orienta al origen cerebral de la afección motora.
Incluye, generalmente, compromiso piramidal o motor voluntario:
· Paraplejia: compromiso exclusivo de extremidades inferiores.
· Hemiplejia: Parálisis de un hemicuerpo.
· Diplejia: Compromiso de las 4 extremidades, pero con mayor afección de las extremidades inferiores.
· Hemiparesia doble espástica: Se comprometen las 4 extremidades,
pero más las superiores.

Esta diferenciación semiológica de los subtipos de parálisis
cerebral es importante, pues tiene diferente pronóstico. Por ejemplo en la paraparesia espástica el niño tiene hipertonía distal, con retraso de la marcha y caminata en punta de pies. Esta es la típica parálisis cerebral del prematuro, por compromiso de la sustancia blanca periventricular (menos irrigada). No se asocia a convulsiones ni retardo mental y es de buen pronóstico.
El compromiso motor más generalizado hace que aumente más la
epilepsia y el retardo mental, siendo máxima esta asociación en la
hemiparesia doble espástica, la parálisis cerebral de peor pronóstico.

Hay que tener cuidado cuando la "parálisis cerebral" se reduce sólo a coreoatetosis (movimientos incoordinados), pues como el niño no controla sus movimientos y adopta posturas anormales, puede dar la impresión de retardo mental,(atentos a esto!!!), en circunstancias que tiene coeficiente intelectual (CI) normal, ya que la corteza cerebral no se encuentra afectada.

Otros movimientos anormales son las distonías, que son movimientos de torsión de cuello u otros, que pueden simular una crisis epiléptica

Se denominan mioclonias a las sacudidas musculares bruscas y breves.
Pueden corresponder tanto a fenómenos normales como patológicos.
Puede verse en el sueño, situación en que son normales (en el momento que nos estamos quedando dormidos). A veces no son normales, como en el "síndrome de las piernas inquietas", que impide conciliar el sueño (y hay que despertar para que cesen).
Existen otras mioclonías provocadas por alteraciones cerebrales
difusas, que no son epilépticas, sino de origen subcorticales. Un
porcentaje importante de estos niños, tienen enfermedades
degenerativas del SNC, o encefalitis.


Los tics son los movimientos involuntarios más frecuentes. Los tics simples generalmente involucran la musculatura palpebral y muchas veces no requieren tratamiento. Si comprometen musculatura facial,cervical, o extremidades, se tratan con haloperidol o diazepam (Que, evidentemente, no estaba a disposición del público cuando Claudio lo necesitaba, más que nada, porque es otro producto del siglo XX).

Existe un cuadro más severo, denominado síndrome de La Tourette, con tics motores múltiples asociados a tics fónicos, coprolalia, y
trastorno obsesivo compulsivo.

En cuanto a los males gástricos, dolores de estómago post-ingesta
alcohólica, ataques de gota por exceso de proteínas....qué os puedo contar que no hayáis padecido en propio cuerpo alguna vez...Eso sí, si os interesa, cualquier día os castigo otro poquito.(La alteración neuroendocrina, que podría deberse a alguna clase de error metabólico, es una sospecha que tengo...y que no puedo demostrar)

Lo alucinante del asunto es que el muchacho debía ser o bien muy
seductor intelectivamente hablando (eso que mencionaba Cicerón de la belleza...interior), o bien sumamente interesante desde algun punto de vista, y el crematístico no es descartable, porque se casó "sólo" cuatro veces..., se ve que no escarmentaba fácilmente.

Una cosa que si me ha quedado clarísima es que de retraso mental,
nada de nada; es más, creo que si hubiera habido más Emperadores como él, a los romanos de la época les hubiera ido bastante mejor. Y a las romanas, ni os cuento...
Continuará en breve.

Ennia Durmia

martes, 15 de junio de 2004

Las Revueltas Bátavas (III)

Conviene recordar que las Legiones del Rhin habían luchado por Nerón en contra de Claudius Julius Vindex en el 68; sin embargo, el amigo de Vindex, Galba, había llegado a ser emperador, y las Legiones del Rhin se consideraban sospechosas.
Flaccus y Vocula, que ahora servía como hombre de confianza, querían evitar que la historia se repitiese. En el supuesto de derrotar a Civilis, que decía luchar por Vespasiano, y suponiendo que las legiones del Danubio venciesen a Vitellius...esto era un riesgo inaceptable.
Durante los primeros días de noviembre, los soldados recibieron malas noticias: su Emperador Vitellius y sus Legiones, compuestas por unidades procedentes del Rhin, habían sido derrotados.

Personalmente, los destinados en Gelduba sabían bastante de la muerte. Esto hizo poco por levantar la moral, sobre todo, desde el momento en que quedó claro que Vitellius no podría ganar la guerra civil. Los oficiales decidieron ponerse del lado de Vespasiano.

"Cuando Hordeonnius Flaccus tomó el juramento de obediencia, los suboficiales y la tropa lo aceptaron por presiones de los oficiales, pese a la poca convicción que de ello tenían en sus mentes y en sus corazones, y mientras recitaban con firmeza las otras fórmulas de la declaración solemne, vacilaban ante el nombre de Vespasiano, o lo farfullaban, e incluso la mayor parte lo omitió".

Otra vez Flaccus y Vocula se veían obligados a esperar. No sabían qué hacer, y Julius Civilis tenía que tomar la iniciativa.
Si realmente hubiera sido un seguidor de Vespasiano, la guerra ya habría acabado, puesto que las Legiones del Rhin se habían puesto del lado del nuevo emperador. Por otra parte, si su empleo de la carta de Vespasiano no hubiese sido nada más que una pantomima, la guerra tenía que continuar, y los romanos habrían tenido que luchar con lo más aguerrido de las tribus vecinas.
Los días transcurrieron lentamente, y no ocurrió nada. Ningun mensajero llegó desde el norte, y Flaccus comprendió que los bátavos deseaban continuar la revuelta.

Civilis sabía que tenía que destruir a las Legiones de Gelduba antes de que se reunieran con los sitiados en Vetera. Sabía que, tras atacar Vetera, los romanos se resarcirían, pero pasaría medio año, al menos, antes de que se pudiese enviar un ejército, cruzando los Alpes (el invierno estaba próximo), y si acababa con las tropas de Gelduba, podría tomar Vetera y extender la región rebelde.
Aún estaba negociando con los tréveros, que seguro que se habrían alineado junto a él si la posición más septentrional de los ejércitos romanos hubiera estado en Moguntiacum.
Sin embargo, Civilis se enfrentaba a un problema: las tropas de Flaccus y Vocula, pese a estar formadas por los restos de tres Legiones, eran demasiadas como para enfrentarse a ellas en una batalla clásica.
Flaccus y Vocula no tenían que ser clarividentes para saber que el líder bátavo intentaría atraparlos descuidados. Y debieron también suponer que lo haría en una noche sin luna, como la del 1 al 2 de diciembre del año 69.

Tácito, sin embargo, quiere hacer creer que el ataque de las Ocho Unidades Auxiliares bátavas fue por sorpresa.
“Vocula era incapaz de dirigir a sus hombres o de desplegarlos en la línea de batalla. Todo lo que podía hacer cuando sonaba la alarma era apremiarlos para que formaran un núcleo central de legionarios, alrededor del cual se agrupaban los auxiliares en una serie desigual. La caballería cargó, pero fue dispersada por las disciplinadas líneas enemigas, y obligada a retroceder sobre sus propios compañeros. Lo que ocurrió fue una masacre, no una batalla. Las unidades auxiliares nervias, igualmente, fueron presas del pánico, o de la traición, y dejaron indefensos los flancos romanos. Entonces, el ataque alcanzó de lleno a las Legiones. Perdieron los estandartes, retrocedieron al interior del baluarte, y ya sufrieron pérdidas tremendas cuando los nuevos refuerzos alteraron inesperadamente la suerte de la batalla.
Algunas unidades auxiliares vascas[...] habían sido desplazadas hasta el Rhin. Cuando se acercaban al campo de batalla, oyeron los gritos de los combatientes. Mientras la atención del enemigo estaba en otra parte, cargaron desde la retaguardia y causaron una desbandada llena de pánico, desproporcionada a su número. Debieron pensar que había llegado el ejército principal, o bien desde Novaesium, o bien desde Moguntiacum. Esta confusión proporcionó a los romanos nuevas fuerzas: al confiar en la fortaleza de otros, se recuperaron. La punta de lanza de los guerreros bátavos, tan lejos como podía mantenerlos la infantería, cayó sobre el campo; la caballería escapó con las insignias y los prisioneros capturados en la primera fase del encuentro. En este día de trabajo, las víctimas mortales fueron considerables entre nosotros, pero fueron los combatientes más enfermos, mientras que los bátavos perdieron a los mejores". (Tacitus, Historias 4.33)

Una vez más, la descripción de Tácito es extremadamente engañosa. Por supuesto, las unidades auxiliares vascas no llegaron por casualidad, como parece querer insinuar Tácito. Las envió Flaccus. Igualmente, la sugerencia de que los auxiliares nervios traicionaron a los romanos es otro ejemplo estupendo de las manipulaciones de Tácito.

La batalla de Gelduba fue una victoria romana importante, pese a las enormes pérdidas. Esto ha podido corroborarse mediante un hallazgo arqueológico macabro: multitud de hombres y caballos no tuvieron una incineración decente, sino que se los enterró apresuradamente en una inmensa fosa común. Las consecuencias de la batalla fueron muchas.
Las Ocho Unidades Auxiliares bátavas desaparecen del relato de Tácito, pese a que emplea el término cohortes en un sentido no técnico.
Civilis había mostrado sus auténticas intenciones y perdido a sus mejores hombres, y nada de permitir a los romanos dirigirse a Vetera y levantar el asedio. Los muros del campamento estaban reforzados, los fosos se habían hecho más profundos, se llevaron provisiones, y se evacuó a los heridos.
Pero no había oportunidad de invadir el país bátavo para llevar a cabo represalias, puesto que llegaron malas noticias del sur: los usipetes y los catos, unas tribus germanas de la orilla oriental del Rhin, habían cruzado el río, estaban saqueando el país e intentaban sitiar Moguntiacum. No parecía muy grave, pero era más prudente no arriesgarse.
Después de todo, Moguntiacum era más importante que el campamento del norte.

Sin embargo, la fuerza expedicionaria, compuesta por mil soldados procedentes de Vetera, había regresado. De inmediato, Civilis reanudó el asedio de una desguarnecida pero mejor abastecida Vetera.
Cuando su caballería atacó al Ejército que retrocedía cerca de Novaesium, sin embargo, fueron sonoramente derrotados.
Los legionarios habían mostrado su valía en Gelduba y Vetera, y cuando llegaron a Novaesium, les esperaba una grata sorpresa: Flaccus repartía dinero para celebrar la llegada al trono de Vespasiano.
Como leales seguidores de Vitellius, aquello era más de lo que podían esperar. Esto ocurría durante las Saturnalias, y los legionarios lo celebraron placenteramente. Debió haber sido una especie de liberación después de las tensiones de las semanas previas. Sin embargo, la celebración se vió alterada. En un salvaje motín de placer, comilonas y reuniones sediciosas nocturnas, la vieja enemistad hacia Hordeonnius Flaccus revivió, y como ninguno de los oficiales se atrevió a resistir un movimiento en el que la oscuridad les había robado su último vestigio de control, las tropas lo sacaron a rastras de la cama y lo asesinaron.
Lo mismo le habría ocurrido a Vocula si no se hubiera escapado del campamento, vestido con ropas de esclavo. El ataque a los dos comandantes, en un momento en el que Fortuna parecía sonreir a los romanos, es uno de los hechos inexplicables que ocurrieron durante la revuelta bátava.
Solamente es posible hacer especulaciones sobre el motivo. Como queda dicho, la fuerza expedicionaria romana había regresado al sur, llevando consigo a muchos de los legionarios destacados en Vetera. Tácito menciona que los que quedaron atrás se consideraron traicionados, comprensiblemente: quedaron para mantener ocupados a los derrotados bátavos, mientras que las fuerzas principales fueron destinadas a otro sitio. Es posible que el asesinato no fuese un acto de histeria beoda, sino de reajuste: asesinar a un comandante que no se preocupa de las vidas de sus tropas.

En Italia, el año 70 empezó con excelentes presagios. Había terminado la guerra civil, Vitellius había muerto, el nuevo emperador, Vespasiano, estaba en excelente disposición, y se hicieron planes para acabar con la guerra judía y con la revuelta bátava.
La cuestión principal era si la fuerza expedicionaria enviada a través de los Alpes llegaría a tiempo para prevenir la escalada del conflicto al norte de Moguntiacum. Al no evitarse esto, los refuerzos romanos llegaron demasiado tarde.

El asesinato de Marcus Hordeonius Flaccus por parte de sus tropas, justo después de restablecer el orden en Bonna, Colonia Claudia Ara Agripinense, Novaesium y Castra Vetera, proporcionó a los vapuleados rebeldes un soplo de confianza. Civilis reinició el cerco a las Legiones V Alaudae y XV Primigenia estacionadas en Vetera, y tanto los lingones como los tréveros, tribus celtas romanizadas que vivían a lo largo del Mosel y el Alto Rhin, decidieron sumarse a la rebelión.
Habían presenciado como las tres Legiones que habían resistido temporalmente el cerco de Vetera (I Germanica, XVI Gallica, XXII Primigenia) eran demasiado escasas como para manejar eficazmente la situación.
Por supuesto, las derrotas bátavas ocurridas tanto en Gelduba (Krefeld) como en Castra Vetera (Xanten) y Novaesium (Neuss), algo contribuyeron a devolver el prestigio militar a los romanos, pero el hecho de saber que Civilis volvía a sitiar Vetera, y la consiguiente desunión entre legionarios romanos, disipó las últimas dudas de tréveros y lingones.
La última victoria romana fue la liberación de Moguntiacum (Mainz), donde ahora se encontraban acuarteladas las Legiones IV Macedonica y XXII Primigenia; pero cuando el general Caius Dillius Vocula salió en auxilio de la guarnición de Vetera, sus auxiliares tréveros y lingones desertaron.
Tácito presenta a los protagonistas:
“Se intercambiaron mensajes entre Civilis y Julius Classicus, el comandante del regimiento de caballería trévero. El de más bajo rango y menor poder se situó por encima de otros. Descendía de una dinastía de reyes, y sus antepasados habían sido importantes tanto en la guerra como en la paz. El mismo Classicus tenía la costumbre de alardear de que entre sus antepasados había más enemigos de Roma que aliados. También estaban implicados Julius Tutor y Julius Sabinus, un trévero y un lingón. Tutor fue designado por Vitellius como comandante de la orilla occidental del Rhin. Por su parte, Sabinus, un hombre presumido, fue llevado al falso convencimiento de tener sangre real. Proclamó que la belleza de su abuela había seducido a Julius Caesar durante la guerra de las Galias, llegando a ser su amante.”

La rebelión de Julius Classicus, Julius Tutor y Julius Sabinus es distinta de la revuelta bátava. De un lado, tanto tréviros como lingones estaban muy romanizados, y querían formar su propio imperio (Imperio Galo), en tanto que los bátavos buscaban una especie de independencia. Cuando Vocula se percató de que Classicus y Tutor persistían en su traición, dio la vuelta y se retiró a Noviomagus. Los galos acamparon a tres kms, sobre un suelo prensado. Tanto centuriones como tropa tuvieron que pasar entre ambos campamentos, poniendo sus vidas en peligro cada vez.. El resultado fue un acto vergonzoso sin parangón: una Legión Romana tuvo que rendir un homenaje al ejército bárbaro, sellando el monstruoso pacto con la promesa de apresar o matar a sus propios jefes. Los antiguos seguidores de Vitellius debieron encontrar fácil romper su juramento de lealtad a Vespasiano. Vocula fue asesinado por un legionario de la I Germanica, y Julius Classicus, vestido con uniforme de general romano, se presentó en el campamento y leyó los términos del juramento. Los integrantes de las Legiones I y XVI debían defender el Imperio Galo y apoyar a su emperador, Julius Sabinus (el quinto emperador romano en trece meses).
Después de eso, Tutor atacó a las tropas estacionadas en Colonia y Moguntiacum, y Classicus envió algunas de las tropas que se habían rendido en Vetera a ofrecer ayuda a su guarnición y como cebo para que se rindiesen.
Sin embargo, el comandante de las tropas asediadas, Munius Lupercus, se negó a acatar los términos. Después de esto, las Legiones I y XVI fueron conducidas a Augusta Treverorum (Trier), lejos del escenario bélico. Su nuevo emperador, Julius Sabinus, no acababa de fiarse de ellos. Quizás debió haberlos empleado, puesto que su guerra contra los secuanos (que vivían a lo largo del Saône) fue un fracaso. La imprudencia de Sabinus al forzar un encuentro fue igualada por el pánico que le hizo abandonarlo.
A fin de difundir el rumor de que había muerto, prendió fuego a la granja en la que se había instalado, y la gente pensó que se había suicidado allí. Con la victoria de los secuanos cesó el avance bélico en la Galia.
Progresivamente, las tribus empezaron a recuperar la cordura y a hacer honor a sus obligaciones y tratados. En esto, los habitantes de Durocortorum (Reims) tomaron la iniciativa de enviar invitaciones para una conferencia en la que se debía decidir si querían la independencia o la paz.

El resultado fue que los galos invitaron a tréviros y lingones a parar sus ataques, sobre todo, ahora que el emperador galo estaba (o eso parecía) muerto. Sin embargo, ellos rechazaron hacerlo, y se unieron a Julius Civilis.

El asesinato del general Marcus Hordeonius Flaccus envalentonó a los rebeldes. Las unidades auxiliares tréviras y lingonas se rebelaron, y Julius Civilis reanudó el asedio de Vetera. Las desmoralizadas Legiones I Germanica y XVI Gallica se rindieron ante el Imperio Galo de tréviros y lingones. Tras la desintegración del ejército romano al norte de Moguntiacum, las dos Legiones asediadas en Vetera, V Alaudae y XV Primigenia, estaban perdidas. En marzo del año 70, su comandante, Munius Lupercus, capituló.

“Los sitiados oscilaban entre el heroísmo y la degradación debido a los contrapuestos gritos de lealtad y de hambre. Mientras vacilaban, se acabaron las provisiones, no solo las habituales, sino también las de urgencia. Hasta entonces, se habían comido las mulas, los caballos y otros animales que sólo una situación desesperadamente grave impulsa a los hombres a usar como alimento, pero que se consideran sucios y repugnantes. Al final, quedaron reducidos a arrancar arbustos, raíces y los tallos de hierba que crecían entre las piedras, una notoria lección en el contexto de la necesidad y la resistencia.
Sin embargo, al final echaron a perder su magnífico historial a causa de una deshonrosa decisión, enviando mensajeros a Civilis para suplicar por sus vidas, sin que la solicitud fuese tenida en cuenta hasta tomarles un juramento de lealtad al Imperio Galo. Entonces, Civilis, después de estipular que dispondría del campamento como botín, dispuso observadores para asegurarse de que dinero, vituallas y equipamientos quedaran atrás, y para formar a la guarnición que se iba humillada, desamparada. Casi ocho kms después de dejar atrás Vetera, los germanos emboscaron a la confiada columna de hombres. Los luchadores más fornidos cayeron sobre sus propias pasos, y otros muchos en desigual lucha, mientras que el resto hizo un objetivo de su retirada hacia el campamento.

Es cierto que Civilis protestó, y que culpabilizó a gritos a los germanos por lo que el mismo describió como un abuso criminal. Pero las fuentes no aclaran si esto fue mera hipocresía, o si Civilis realmente resultó incapaz de contener a sus salvajes aliados. Tras saquear el campamento, lanzaron fuego a su interior, y todos aquellos que habían sobrevivido a la batalla fallecieron en medio de las llamas.
Después de su primera acción militar contra los romanos, Civilis había jurado, como el salvaje primario que era, teñir de rojo su cabello y dejarlo crecer hasta que hubiera acabado con las Legiones. Ahora que la promesa estaba cumplida, afeitó su crecida barba. También simuló haber cedido a algunos de sus prisioneros a su hijo pequeño para que le sirviesen como blanco en los lanzamientos de flechas y jabalinas.
El comandante de las Legiones, Munius Lupercus, fue enviado (junto con otros presentes) a Veleda, una mujer soltera que gozaba de gran influencia entre los brúcteros. Tradicionalmente, los germanos consideraban a muchas mujeres como profetisas, e inclusive, por un exceso de superstición, como divinidades. Este era el caso. Veleda tenía un gran prestigio, puesto que había pronosticado la victoria germana y el exterminio de las Legiones. Pero Lupercus fue asesinado antes de que llegara a su presencia.”

Por Ennia Durmia

martes, 1 de junio de 2004

Las Revueltas Bátavas (II)

Vetera Castra (Xanten) es la contrapartida germana de Batavodorum (Nijmegen): albergaba a los legionarios romanos, y era una de las ciudades vigías de las fronteras septentrionales del Imperio Romano. Jugó un papel fundamental en la revuelta bátava.

Civilis y los bátavos ya tenían lo que buscaban: una independencia que sería reconocida por Vespasiano (básicamente, porque ganó la guerra contra Vitellius), y el desquite por el reclutamiento romano opresivo y por la muerte del hermano de Civilis.
Lo único que nunca debieron hacer fue atacar la fortaleza militar (donde estaban estacionadas dos Legiones romanas) de Castra Vetera; ningun Emperador podía dejar sin un castigo ejemplar semejante ataque a un símbolo del poder de Roma. Con solo una jabalina que hubiera sido lanzada contra los muros, resultaría inevitable que un enorme ejército se hubiera desplazado hasta el norte para reparar la humillación. Desde luego, la Guerra Civil tendría que haber terminado, pero cualquiera que la hubiese ganado estaba obligado a castigar tal ataque. Todos sabían que, casi tres años antes, los judíos habían atacado a la Legio XII Fulminata, y que los romanos habían respondido con feroces represalias. Julius Civilis, que había luchado en las tropas auxiliares romanas y era ciudadano romano, ciertamente debía haberlo sabido

Y aún así, a finales de septiembre del año 69, los bátavos lanzaron un ataque contra la guarnición de Castra Vetera.
Se eligió bien el momento: un mes antes, las Legiones de Vespasiano habían invadido Italia. En caso de haber represalias romanas, serían pospuestas por un tiempo. De manera que Civilis se tiñó el cabello de rojo, y juró que lo dejaría crecer hasta que hubiera destruído a las dos Legiones.
No es posible saber qué fue lo que lo llevó a firmar su propia sentencia de muerte.

Con independencia de cuáles fueran los motivos, lo cierto es que los bátavos eran tropas bien preparadas, puesto que habían recibido el mejor de los refuerzos posibles: las ocho unidades auxiliares que habían luchado junto a Vitellius en Italia aquella primavera, que habían sido devueltas para defender las fronteras del Rhin, y que habían sido vueltas a llamar para luchar contra Vespasiano. El año anterior, habían luchado contra los impuestos de Caius Julius Vindex, y antes de eso, habían estado en las zonas bélicas de Britania. Aquellos hombres sabían cómo luchar, y tenían más experiencia en combate que la mayoría de los legionarios.
El enviado de Civilis les dió alcance cuando casi habían llegado a los Alpes, y fácilmente los convenció de que su lugar estaba junto a los independientes bátavos.

Antes de entrar a discutir el ataque bátavo a Vetera Castra, conviene ver qué fue lo que ocurrió con aquellas Ocho Unidades Auxiliares. El comandante supremo de las fuerzas romanas en Germania Superior e Inferior, Marcus Hordeonius Flaccus, les había dado autorización para cruzar Moguntiacum.
Reunió a sus tribunos y centuriones, y les consultó sobre la conveniencia de aplastar por la fuerza a las tropas rebeldes. Pero no era, por su naturaleza, un hombre de acción, y sus mandos estaban preocupados por la actitud ambigua de las tropas auxiliares y por el suavizamiento de las Legiones debido al precipitado alistamiento; de manera que se pronunció en contra de arriesgar a las tropas fuera de la fortaleza militar. No obstante, cambió de opinión más adelante, y como sus consejeros volvieron a expresarle sus previas opiniones, dió la impresión que intentaba evitar algo, y escribió a Hernnius Gallus, estacionado en Bonna al mando de la Primera Legión, diciéndole que detuviese el paso de los bátavos, y prometiendo seguirlos pisándoles los talones con su ejército. De hecho, los sublevados podrían haber sido destruídos si Hordeonnius Flaccus y Hernnius Gallus se hubieran movido en direcciones opuestas y los hubieran atrapado entre dos fuegos. Pero Flaccus abandonó su plan, y en un comunicado de última hora a Gallus le advirtió que no molestase a las unidades en tránsito.
No está claro que fue lo que sucedió realmente. Por supuesto, Tácito le echa la culpa a M. H. Flaccus de no haber acabado con las Ocho Unidades Bátavas, pero las cosas debieron ser más complicadas de lo que él indica

Germania Inferior, que estaba amenazada por los bátavos, no era una provincia importante; Germania Superior y Galia Belgica, sin embargo, sí que lo eran. Probablemente, Flaccus buscaba alejar el problema hacia la periferia y permitió a los bátavos volver a su casa. De ese modo, la guerra se localizaría en algun lugar del norte, donde los intereses romanos principales no se verían amenazados. Este intento de situar la guerra en donde no dañase podría haber resultado ser una estrategia brillante, pero Flaccus fue asesinado, con lo que todo salió mal.
El segundo punto a analizar es que los dos Ejércitos, el de Moguntiacum y el de Bonna, eran menores que las Ocho Unidades Auxiliares bátavas. Solo si Flaccus y Gallus fueran capaces de atacar simultáneamente, estarían en mayoría y podrían resultar victoriosos. Flaccus no podía permitir la derrota de ambos Ejércitos.
Por último, había una guerra de mayor importancia desarrollándose en Italia, y Flaccus sabía que no se podía mover demasiado hacia el norte.
Todo esto lo llevó a seguir esta estrategia: mantener a toda costa la base fundamental de Moguntiacum, tratar de mantener Vetera Castra, y esperar hasta que acabase la Guerra Civil.
Esto parecía razonable, pero implicaba ciertos riesgos para la guarnición de Vetera, a cargo de Munius Lupercus.
El asedio empezó a finales de septiembre del año 69.
La llegada de las Unidades Auxiliares veteranas significaba que Civilis ahora estaba al mando de un auténtico ejército. Pero aún asi, todavía tenía dudas sobre qué curso debía seguir la acción, lo que refleja que Roma era fuerte. De manera que hizo que todos los hombres que tenía jurasen obediencia a Vespasiano, y envió un llamamiento a las dos Legiones que habían sido golpeadas en el compromiso previo y se habían retirado al campamento de Vetera, pidiéndoles que aceptasen el mismo juramento.

La réplica llegó: No tenían costumbre de seguir los consejos de un traidor ni los de un enemigo. Aun tenían un Emperador, Vitellius, y en su defensa mantendrían su lealtad y sus armas hasta el último aliento. De modo que no era de la incumbencia de un bátavo renegado sentarse a opinar sobre asuntos romanos. Sólo tenía que esperar lo suyo, el castigo de un felón.

Cuando esta respuesta llegó a Civilis, éste montó en cólera y urgió a la nación bátava al completo a tomar las armas. Se les unieron los brúcteros y los téncteros, y las noticias se esparcieron por toda Germania, que despertó a la llamada del botín y la gloria.

Entonces empezó el asedio de Vetera. Los 5.000 legionarios, encuadrados en las ya derrotadas Legiones V Alaudae y XV Primigenia, defendieron su campamento. Tacitus menciona la presencia del comandante de la Legio VI Gallica, lo que demuestra que Vetera recibió refuerzos procedentes de Novaesium. Pese a todo, los romanos estaban en minoría. Los bátavos tenían motivos para sentirse optimistas, no solo porque contaban con Ocho Unidades auxiliares bien entrenadas, y porque Civilis había entrenado a sus tropas en las líneas romanas (Resulta algo poético pensar en la revuelta como una guerra entre bárbaros bátavos y disciplinados romanos; pero, de hecho, lo cierto es que dos ejércitos romanos se estaban enfrentando)

El campamento de Fürstenberg, cerca de Vetera, era grande (56 hectáreas), moderno (apenas tenía diez años) y bien equipado.
Los arqueólogos han descubierto sus muros (hechos de adobe y madera), los cimientos de torres de madera, y un doble foso. Además, la guarnición tuvo tiempo para prepararse. Tácito menciona a menudo la Artillería romana, que debió poseer gran cantidad de munición. También asegura que no tenían víveres, lo cual es algo extraño tan poco tiempo después de la época de la cosecha. De hecho, Vetera resistió durante dos meses.

“Los bátavos y sus aliados intentaron primero asaltar los muros de Vetera, pero fue en balde. Entonces, intentaron construir instalaciones de asedio, pero no tenían los conocimientos necesarios. Aún así, demostraron estar haciendo una “guerra a la romana”, al emplear las técnicas romanas de asedio. Finalmente, Civilis decidió matar de hambre a las dos Legiones, hasta que se rindieran. Durante el asedio, Civilis envió unidades para saquear poblaciones de Germania Inferior y Galia Belgica. Los germanos de la orilla oriental del Rhin se unieron.
El líder bátavo ordenó que se saqueara a ubios y tréviros por parte de sus correspondientes vecinos, y se envió otra fuerza más allá del Maas para atacar a los menapios y morinos del extremo norte de la Galia. En ambos escenarios se reunió botín, y se mostraron especialmente rencorosos saqueando a los ubios, porque eran una tribu germana que había renunciado a su nacionalidad y preferían ser conocidos con nombre romano”.

En otras palabras, la parte norte del Imperio estaba en estado de confusión. Tácito hace uno de sus muy sutiles juegos en estas líneas. Las palabras “los menapios y los morinos del extremo norte de la Galia” [Menapios et Morinos et extrema Galliarum] contienen una referencia a unas frases muy conocidas de Virgilio, que había llamado a los Morinos “extremi hominum”, “aquellos que viven en los confines de la tierra” (Eneída 8.727).
Al usar estas palabras, Tácito recordaba a sus lectores el muy conocido hecho de que se estaba librando una guerra contra los más salvajes de todos los bárbaros, que, como todos los romanos sabían, vivían en el confín del mundo.
Las legiones V Alaudae y XV Primigenia estaban siendo asediadas en Vetera.
Marcus Hordeonnius Flaccus, menos indolente de lo que Tácito quiere hacer creer, ya había tomado medidas:
-Se pusieron estacas a lo largo del Rhin para prevenir la entrada de hordas germanas en el Imperio.
-Ordenó a la IV Macedonica que permaneciese en Moguntiacum, que debía ser resguardada a cualquier precio.
-Se enviaron mensajeros a Galia, Hispania y Britania solicitando refuerzos (existen referencias sobre unidades vascas que estuvieron durante una batalla en las cercanías de Gelduba).

La XXII Primigenia, al mando de Caius Dillius Vocula se dirigió a marchas forzadas a Novaesium, en el norte; el propio Flaccus se dirigió a la I Germanica, en Bonna, haciendo el viaje a bordo de una nave, dado que padecía gota.
En Bonna, Flaccus tuvo difícil llevar a cabo acciones autoritarias. Los soldados lo hacían responsable del paso fácil de las Ocho Unidades auxiliares bátavas. Pese a ello, pudo convencer a la Legio I de que lo siguiera, y junto a la Legión comandada por Vocula, se unió a la Legio VI Gallica en Novaesium. Continuaron hacia Gelduba.
Y entonces, de forma inesperada, se detuvo el avance. Tácito da toda clase de razones para el retraso: los legionarios necesitaban recibir entrenamiento adicional, los cugernios (una tribu dentro del Imperio que se había puesto del lado de Civilis) debían ser castigados, había que luchar con enemigos para conservar una nave cargada de cereales... La auténtica razón, sin embargo, fue la llegada de noticias provenientes del sur: Las Legiones del Danubio se habían puesto del lado de Vespasiano y habían invadido Italia.

Por Ennia Durmia

jueves, 20 de mayo de 2004

Las Revueltas Bátavas (I)

Civilis aún era el comandante de una de las unidades auxiliares bátavas al servicio de Roma; sin embargo, el comandante de las Legiones del Rhin, Marcus Hordeonius Flaccus, no sabía que Civilis conspiraba contra Roma, pese a sospechar que algo estaba ocurriendo. Esto brindó a Civilis su oportunidad. Indujo a los cananefates (una tribu situada entre los bátavos y el mar) a alzarse, en la confianza de que Flaccus lo enviaría justamente a él a sofocar la rebelión.
Tácito cuenta cómo comenzó la guerra contra los romanos en agosto del año 69.

“Entre los cananefates había un loco desesperado e imprudente llamado Brinno, descendiente de una muy distinguida familia. Su padre había sido partícipe en numerosos saqueos [...]. El mero hecho de ser su hijo el heredero de una familia rebelde le proporcionaba bastantes apoyos. Se colocó sobre un escudo, según la antigua costumbre tribal, y fue transportado sobre los oscilantes hombros de sus porteadores para simbolizar su elección como líder. De inmediato reclutó a los frisios del otro lado del Rhin, emboscó a dos unidades auxiliares romanas en las proximidades de sus campamentos y, de forma simultánea, los invadió desde el Mar del Norte.
La guarnición no esperaba tal ataque, y no hubiesen tenido fuerzas para resistirlo cuando llegase a ocurrir, de tal manera que los puestos fueron capturados y desvalijados. Entonces, el enemigo cayó sobre los proveedores y los que comerciaban con los romanos, quienes se dispersaron por toda la región sin plantearse guerrear. Los saqueadores estuvieron también a punto de destruir los puestos y campamentos fronterizos, pero estos fueron incendiados por sus comandantes, puesto que no los podían defender”

Entre los campamentos destruidos por Brinno se encontraba el de la III Unidad de Caballería Gallica, destinada en Praetorium Agrippinae (la actual Valkenburg, cerca de Leyden), donde los arqueólogos han llegado a encontrar la capa de tierra quemada. Y entre los puestos fronterizos destruidos por los propios romanos, se encuentra el de Traiectum (Actual Utrecht). Un detalle que se ha mencionado es el hallazgo de un tesoro de 50 piezas de oro, enterrado por un legionario que jamás pudo conseguir recuperarlo.

Tácito continúa su relato:

“Las sedes de las diversas unidades auxiliares que se pudieron reunir, así como las tropas, fueron conducidas a la parte oriental de La Isla, al mando de un centurión veterano llamado Aquilius. Pero sólo era un ejército sobre el papel, carente de fuerza real. Difícilmente podría haber sido de otro modo, teniendo en cuenta que Vitellius había retirado la mayor parte de los efectivos de las unidades”.

Por una afortunada casualidad, este Aquilius es conocido a partir de un hallazgo arqueológico: un disco o medalla de plata que se encontró en una base de la caballería (conocida como “Kopse Hof”), al este del Oppidum Batavorum, la capital de los bátavos (la actual Nijmegen). El nombre completo era Caius Aquilius Proculus, y había pertenecido a la Legio VIII Augusta, que no estaba estacionada en las provincias germanas.
Este dato es muy importante, puesto que reivindica al general Flaccus: si un centurión veterano estaba presente en Nijmegen era porque Flaccus había enviado refuerzos, lo cual sólo se explica asumiendo que esperaba problemas con los bátavos. Por tanto, la teoría de Tácito de que el ataque fue por sorpresa es errónea: los romanos fueron sorprendidos con las defensas bajas porque no contaban con una rebelión de los cananefates, pero estaban al tanto de las tensiones crecientes.
Civilis elaboró un plan. Se echó encima la tarea de criticar a los comandantes por abandonar sus fuertes, y ofreció ir a pactar en persona con los cananefates, contando con la ayuda de la unidad a las órdenes de su comandante. En opinión de los comandantes romanos, podían volverse a sus correspondientes acuartelamientos. Pero los germanos son un pueblo que adora pelear, de manera que no mantuvieron el secreto mucho tiempo. Gradualmente, se fueron extendiendo los rumores de que se estaba planeando algo, y acabó descubriéndose la verdad:la sugerencia de Civilis implicaba una trampa. Las unidades dispersas eran más propensas a ser destruidas, y el instigador no era Brinno, sino Civilis.
En este punto, Tácito se muestra sumamente insidioso. No da el nombre del oficial romano que se percató de la estratagema de Civilis e investigó lo que podría estar ocurriendo, pero seguramente fue alguien por encima de Civilis en el escalafón militar; en otras palabras, Marcus Hordeonius Flaccus. Continuando con el relato de Tácito, esa descripción de la derrota de Aquilius, se puede observar que los romanos recibieron refuerzos por vía fluvial. Es fácil adivinar quien fue el responsable de enviarlos.

Al quedarse en nada el complot, Civilis recurrió a la fuerza y reclutó a los cananefates, frisios y bátavos como fuerzas de asalto independientes. Por parte romana, se había establecido el frente a no demasiada distancia del Rhin, y los escuadrones navales que se habían situado en este punto se alinearon para enfrentarse al enemigo.
Al poco de empezar la batalla, una unidad tungria se pasó a Civilis, y las tropas romanas, en desbandada ante esta imprevista traición, fueron derrotadas por la arremetida combinada de aliados y enemigos.
Los tungrios eran una tribu romanizada que vivían en el este de la actual Bélgica, donde aún perdura su recuerdo en la ciudad llamada Tongeren. Para los romanos, el hecho de que desertaran en el curso de esta batalla (que probablemente tuvo lugar al sur de la actual Arnhem)fue alarmante, puesto que hacía pensar que las unidades auxiliares que fueran reclutadas entre otras tribus leales podrían no ser de fiar. Sin embargo, eran, lo mismo que las agotadas Legiones, las únicas tropas de que disponía Flaccus. Para empeorar las cosas, tanto los voluntarios de las provincias del norte como las tribus germanas del otro lado del Rhin estaban de parte de Civilis.
Este triunfo consiguió un prestigio inmediato para los rebeldes, y proporcionó una base muy útil para acciones futuras. Habían conseguido las armas y naves que precisaban, y fueron aclamados como libertadores apenas se difundió la noticia, como un fuego incontrolado, por todas las provincias germanas y galas. Aquellas enviaron su ofrecimiento de ayuda inmediatamente. Para la alianza con las provincias galas, Civilis recurrió a la astucia y el soborno para conseguirla, devolviendo a los comandantes de las unidades auxiliares que habían sido capturados a sus correspondientes tribus, y ofreciendo a los hombres la oportunidad de elegir entre ser licenciados o continuar alistados. A aquellos que se quedaron se les ofreció servir según términos honorables, y aquellos que se fueron recibieron parte del botín de guerra tomado a los romanos.
Los romanos fueron expulsados de toda la región situada a lo largo de los ríos Maas, Waal y Rhin. La base de caballería de Kopse Hof es el único campamento romano que no fue incendiado, lo que sugiere que los romanos fueron capaces de conservarlo, y que todavía controlaban el cruce del Waal cerca de Nijmegen.

Hasta ese momento, en el lado romano, la guerra había sido sostenida por los auxilia: tropas escasamente armadas que se reclutaban entre la población nativa, y que no podían competir con los bátavos, que estaban en mayoría. La respuesta de Flaccus ante la derrota fue enviar a las Legiones, con infanteria armada convenientemente.
Las Legiones V Alaudae y XV Primigenia dejaron su base habitual, en Vetera, junto con tres unidades auxiliares: ubios de la actual Colonia, tréviros procedentes de la moderna Trier y el escuadrón bátavo.
Flaccus y el comandante de la fuerza expedicionaria, un senador llamado Munius Lupercus, podrían haber tenido sus dudas sobre el asunto, pero sabían que estaba al mando un enemigo personal de Julius Civilis, un hombre llamado Claudius Labeo. A finales de agosto, ocuparon Insula Batavorum. En algun sitio, al norte de Nijmegen, se encontraron con el ejército bátavo.
Cerca de Civilis se concentraban los estandartes romanos capturados: sus hombres tenían los ojos clavados en los trofeos recientemente ganados, en tanto que sus enemigos estaban desmoralizados por la cadena de derrotas sufridas.
Esto dio lugar a que las madres y hermanas, junto con las esposas e hijos de todos los hombres, ocupasen los puestos de la retaguardia como una incitación a la victoria o como un reproche en caso de derrota. Entonces, los cantos de combate de los guerreros y los estridentes gemidos de las mujeres sonaron por encima de la multitud, consiguiendo como respuesta tan sólo un débil saludo de las Legiones y de las tropas auxiliares.
El ala izquierda del frente romano pronto quedó expuesto, al desertar el regimiento de caballería bátavo, que de inmediato se dio la vuelta para enfrentarse a los romanos. Pero en esta espantosa situación, los legionarios mantuvieron intactos sus armas y sus filas.
Los auxiliares ubios y tréviros se deshonraron ellos mismos al huir en desbandada por todo el campo de batalla en salvaje vuelo. Contra ellos dirigieron los bátavos su ataque más feroz, lo que dió a las Legiones un respiro para volver al campamento de Vetera.

En este escenario, la base de Kopse Hof fue asaltada por los bátavos. Posiblemente,la ausencia de señales de violencia signifique que se trataba de la base de la caballería bátava que se pasó a Civilis.
Cualquiera que sea la interpretación exacta, la última guarnición se fue de las tierras bátavas, lo que supuso un enorme bofetón al prestigio romano. Un ejército de cerca de 6.500 hombres, incluyendo legionarios, había sido derrotado. Civilis debió ser un hombre feliz, pero eso no lo hizo sentirse generoso. No honró a Claudius Labeo, que había tenido un importante papel en la victoria bátava, sino que lo arrestó. Todavía detestaba a su enemigo, uno de los Claudii que había amenazado la posición de la vieja aristocracia bátava, y lo había enviado al exilio con los frisios del norte, lejos de cualquier futuro teatro de operaciones.
Cualquiera que fuese el objetivo de los rebeldes, lo habían alcanzado. La presencia de cientos de cadáveres demostraba, sin ninguna duda, que Civilis había vengado a su hermano. La tribu había castigado a los romanos por licenciar sin ningun tipo de honores a la Guardia Imperial y por el reclutamiento forzoso. Más aún, los bátavos eran considerados la tribu germana más poderosa de la zona. Si Julius Civilis quería ser el rey de su tribu, tenía razones para conseguirlo: alguien que había derrotado a dos Legiones tenía suficiente prestigio como para ser el líder de algunas tribus. Los bátavos habían ganado su libertad, y sabían que los romanos reconocerían su independencia y no los desafiarían.
Además,Civilis tenía una carta de Vespasiano, el comandante de las Legiones romanas destacadas en Judea que se había levantado contra el Emperador Vitellius. En esta carta le pedía a Civilis, con quien había combatido durante las guerras britanas, que se rebelase. De esta manera, Vitellius no podría emplear a todas sus tropas para luchar contra Vespasiano. Civilis había hecho precisamente aquello que Vespasiano le pedía, si bien, por otros motivos, y los bátavos tenían justificación en la esperanza de que Vespasiano les reconocería la independencia. Después de todo, el Emperador Tiberio había permitido, en una situación semejante, el año 28,la autonomía de frisios y catos.
Julius Civilis había conseguido todo lo que pretendía, pero en pocas semanas cometería el fatal error que supuso, un año después, su perdición.

Por Ennia Durmia

miércoles, 12 de mayo de 2004

Las revueltas bátavas: antecedentes

Los bátavos habitaban la región a lo largo de dos grandes ríos (donde actualmente se ubican los Países Bajos), en una isla de gran tamaño entre el Rhin y el Waal(De hecho, su nombre perdura en la actual denominación de la isla: Betuwe).
La Isla (De Betuwe) era una región más bien pobre, que no podía ser explotada financieramente por los romanos. Por ese motivo, la contribución de los bátavos al Imperio fue a base de hombres y armas: ocho unidades auxiliares de infantería, un escuadrón de caballería, y –hasta que los licenció Galba- la guardia montada del Emperador. La investigación demográfica permite concluir que cada familia bátava tenía (al menos) un hijo en el Ejército. Reclutar más hombres era prácticamente imposible, por lo que constituyó una sorpresa ver a los reclutadores del Ejército llamando a filas a ancianos, inútiles y jóvenes.
Tácito continúa su relato:

“Julius Civilis invitó a los nobles y a los plebeyos más decididos a una gruta sagrada, aparentemente para celebrar un banquete. Cuando vio que la oscuridad y la alegría habían inflamado sus corazones se dirigió a ellos. Comenzando con una referencia a la gloria y a la fama de su nación, continuó catalogando las equivocaciones, los expolios y todas las demás desgracias de la esclavitud. La Alianza con Roma (según dijo) no se estaba cumpliendo en los términos previamente acordados: estaban siendo tratados como mercancía”

Hay que tener presente que Julius Civilis era ciudadano romano, y miembro de la familia real que antaño gobernaba a los bátavos. Posteriormente, la situación había cambiado; ahora tenían un summus magistratus (magistrado supremo), pero la familia de Civilis era aún muy importante e influyente. El propio Civilis había luchado con una de las unidades auxiliares bátavas adscritas a la Legio Romana durante la invasión de Britania, y aún estaba al mando de una unidad.
Tácito dice de él que era “excepcionalmente inteligente para ser un bárbaro”, siendo esto un lugar común que los escritores romanos usaban para describir a los no romanos que los habían sorprendido por algo (Es el mismo caso del cronista Velleius Paterculus, que emplea aproximadamente esas mismas palabras para describir a Arminius, que había derrotado estrepitosamente a los romanos en el Bosque de Teutoburg el año 9 D.C.).

Julius Civilis y su hermano Claudius Paulus (otro nombre que demuestra que quien lo lleva es ciudadano romano) habían sido detenidos el año 68, acusados de traición. Según dice Tácito, esa acusación era infundada. No se conoce realmente la naturaleza de tal acusación, pero sí su resultado: Paulus fue ejecutado, y a Civilis se le concedió el indulto cuando Galba se convirtió en Emperador. En el transcurso de las últimas semanas del año 68, Civilis había regresado a Germania Inferior, siendo detenido nuevamente, y llevado a presencia del nuevo gobernador, Vitellius. Esta vez no hay motivos para dudar que Civilis había hecho algo. Sin embargo, Vitellius le concedió el perdón como gesto de deferencia hacia los bátavos. De este modo, esperaba ganarse el apoyo de las ocho unidades auxiliares. Pocas semanas más tarde, las tropas se pusieron del lado de Vitellius, y tomaron parte en la marcha sobre Roma.
El mencionado banquete en la gruta sagrada ilustra bastante bien que los bátavos estaban romanizados sólo parcialmente (al menos, eso pretende hacer creer Tácito). De otro modo, se habrían reunido en una sala.
Las palabras de Tácito recuerdan, en cierto modo, lo que escribe en sus “Orígenes y costumbres de los germanos”:
"Es durante sus fiestas que los germanos suelen consultar [...], piensan que no hay otro momento en el que la mente esté más abierta a la simplicidad del propósito o más preparada para aspiraciones nobles. Una raza sin astucia, natural o adquirida, que manifiesta sus pensamientos ocultos en la libertad que proporciona la festividad. Por eso afloran los sentimientos de haber descubierto todo y de haberse relajado del todo, la discusión continúa al día siguiente, y de cada ocasión se deriva su propia ventaja característica. Deliberan cuando no pueden disimular; resuelven cuando el error es imposible".

Esta descripción de las consultas o asambleas germanas es sumamente sospechosa. Al igual que todos los autores griegos y romanos, Tácito estaba obsesionado con el enfrentamiento entre civilización y barbarie. Tanto griegos como romanos se consideraban a sí mismos civilizados, y como vivían en el centro del disco terrestre, podría asumirse de una forma razonable que solamente los salvajes habitaban los confines de la Tierra. Al residir ellos en las planicies de los ríos, resulta bastante obvio que los bárbaros habitaban en montañas y bosques (Tácito llega incluso a describir la costa holandesa como rocosa en los Anales 2.23.3). Esto podría explicar porqué los romanos y los griegos mencionan siempre los bosques, aún no habiendo ninguno en absoluto. De hecho, la investigación posterior ha confirmado que la costa holandesa difícilmente era boscosa en la época de la ocupación romana. Esto no implica que tampoco se llevara a cabo el tal banquete, pero hay que ser cautelosos: Tácito quiere demostrar que los bátavos eran nobles salvajes, pero no está diciendo necesariamente la verdad.
Otro modelo antiguo para describir pueblos lejanos es que, a menudo, se parecen unos a otros; al fin y al cabo, todos ellos están viviendo en los confines del mundo. La costumbre de hacer un doble juramento (una vez cuando están bebidos, y la siguiente vez estando sobrios) es conocida también por otras fuentes:las Historias del investigador griego Herodotus de Halicarnassus, quien, correctamente, dice que se trata de una costumbre persa. De nuevo, esto no implica que los germanos no se hicieran consultas estando embriagados, sino que es un aviso de que hay que leer con bastante prevención las sumamente tendenciosas Historias de Tácito.

Resulta muy fácil explicar la revuelta bátava según los dos motivos ya mencionados: reclutamientos forzados, y la presencia de un príncipe resentido y rencoroso. Pero tiene que haber algun motivo mejor; después de todo, si los bátavos estuvieran contentos con las normas romanas, habrían aceptado el reclutamiento forzoso como algo desagradable pero temporal, y no hubieran secundado a Civilis. No es posible llegar a la causa primera de esto, pero si se pueden hacer ciertas conjeturas y enumerar factores que contribuyeron.
En primer lugar, Civilis tenía, como mínimo, dos motivos personales. Tácito menciona la (muy probablemente ilegal) ejecución de Paulus, el hermano de Civilis, que es motivo más que suficiente para que alguien busque venganza. Un motivo adicional pudo haber sido la restauración del poder real. Ya se ha dicho que Civilis perteneció a una familia bátava dirigente, siendo reyes sus antepasados. Es imposible que la idea de la restauración de la monarquía bátava no cruzase por la mente de Civilis.
Sin embargo, Tácito menciona un discurso del líder bátavo, en el que presenta las corruptas prácticas de reclutamiento como la prueba irrefutable del hecho de que los romanos no trataban a los bátavos como a sus aliados, sino como a siervos ("la alianza no se está manteniendo según los términos acordados: somos tratados como mercancía"). Por desgracia, no se puede establecer si Civilis dijo realmente algo parecido a esto, de manera que queda la duda. Después de todo, ¿cómo podía saber Tácito lo que dijo Civilis realmente? En cualquier caso, la corrupción de los decadentes magistrados romanos es uno de los temas principales de Tácito. Por lo tanto, se podría asumir de forma coherente que el citado discurso de Civilis, relativo a la ruptura de la alianza, es una invención de Tácito, puesto que resulta demasiado legalista.
Aun así, el impuesto resultó una carga demasiado pesada. Se sabe que todas las familias bátavas tenían, por lo menos, un hijo en las Legiones, y que Vitellius pedía demasiado. No hay razones para negar que este fue uno de los factores que contribuyeron al estallido de la guerra.
En ocasiones, Tácito hace decir al líder bátavo que está defendiendo la libertad de sus paisanos. Por desgracia, en la literatura clásica, los bárbaros siempre andan sedientos de libertad. El motivo es altamente sospechoso. Una complicación adicional es que no se sabe que significado real tenía la palabra “libertad”.
¿Estaban los bátavos realmente buscando independencia y autonomía? ¿O más bien Julius Civilis intentaba darle más poder a las élites bátavas?
Existe alguna evidencia que podría corroborar la última hipótesis. La vieja aristocracia de las tribus, al integrarse en el Imperio Romano, había recibido la prestigiosa ciudadanía romana hacía varias generaciones.
Los que fueron patrocinados por Julius Caesar y por el emperador Augustus tenían como nombre de familia "Julius", además de un nombre adicional propio (es el caso de Gaius Julius Civilis).
Pero había una nueva generación que empezaba a ser influyente. Estos habían recibido la ciudadanía en tiempos de Tiberius, Claudius o Nerón, y su nombre familiar era "Claudius" (caso de Claudius Labeo). Debieron producirse tensiones entre la primera y la segunda generación de romanizados, probablemente porque los "viejos romanos" no estarían demasiado felices teniendo que compartir su poder con los advenedizos; de hecho, uno de los enemigos personales de Civilis era un Claudius. Y resulta factible que Civilis deseara restaurar los derechos de la vieja aristocracia.

También pudo haber motivos de índole religiosa, puesto que se sabe que la profetisa brúctera Veleda predijo la victoria de los bátavos. Más tarde fue recompensada con el comandante romano Munius Lupercus como esclavo (pese a que nunca llegó a tenerlo, al ser asesinado por el camino) y con la nave insignia de la Marina Romana. Sin embargo, se desconoce si incitó a los rebeldes o se limitó a predecir la victoria.
Igualmente notorio resulta el hecho de que la revuelta bátava no fue del tipo de las rebeliones "normales" del siglo I, como las de Julius Florus o Julius Sacrovir el año 21 en la Galia; la de la reina Boudicca en Britania en el año 60, o la de los judíos en el año 66: todas ellas se debieron a impuestos excesivos. La revuelta bátava no se derivó de problemas financieros.
En cualquier caso, aun hay otros factores que pudieron tener un papel, y algunos de ellos, además, son muy conflictivos. De un lado, Julius Civilis buscaba vengar la muerte de su hermano, y hasta es posible que quisiera ser rey; la vieja élite tribal bátava pudo desear recuperar su antiguo poder; e incluso cabe plantearse que la tribu bátava soñase con convertirse en un pueblo independiente, al igual que los frisones y los caucos, dos tribus del norte que lo habían conseguido en el año 28.
Pero lo que los llevó a unirse para luchar juntos fue el amargo resentimiento que creó el reclutamiento salvaje e indiscriminado.

Por Ennia Durmia

martes, 4 de mayo de 2004

Las revueltas bátavas: Introducción

Los bátavos, o Batavii, como les llamaban los romanos, eran una tribu de la que se conoce su existencia en Germania alrededor del año 100 A.C, hasta la actualidad, desde la orilla del Rhin hasta la zona de lo que ahora es Nijmegen y De Betuwe.
Probablemente, no se sabría mucho de ellos en la actualidad de no ser por un guerrero bátavo llamado Gaius (o Claudius) Julius Civilis, al cual se suele aludir casi siempre como Julius Civilis.
Este Julius fue el dirigente de la rebelión bátava que tuvo lugar el año 69 D.C., en la zona actualmente fronteriza entre Alemania y Holanda, cerca de Nijmegen.
Los bátavos fueron romanizados, pero conservaron su religión y sus códigos. Lo que se conoce sobre ellos es, sobre todo, lo que Tácito escribió.
Procedentes del norte de Hessen, los bátavos fueron, originariamente, parte de la tribu de los catos. En el año 50 A.C., los bátavos llegaron a lo que ahora son los Países Bajos, por entonces una parte de Germania. Los bátavos siguieron el curso del Rhin, y se establecieron en la zona actualmente denominada "Betuwe", que ellos llamaban "La Isla", al ser la parte de tierra entre los ríos Rhin y Waal.
La capital de los bátavos era Noviomagus Batavodurum (Nijmegen). Segun el interesante (aunque no siempre fidedigno) historiador Tácito, los bátavos eran los más valientes y fieros de todas las tribus germanas: "Son, como armas y corazas, para ser usados sólo en la guerra"

Donar era el principal de los dioses bátavos, siendo Thor su contrapartida escandinava. El centro principal del culto de los bátavos se situaba cerca del actual Nijmegen, donde se construyeron dos templos dedicados a Donar. Se encontró otro templo cerca de Elst, en el centro de "La Isla". Los bátavos solían cantar sus himnos de guerra en su nombre, y era adorado en templos abiertos. Esos templos eran lugares abiertos, con solo una pequeña valla, puesto que los bátavos no creían apropiado limitar a sus dioses usando paredes y techos.
Los romanos denominaron a Donar como Hercules Magusano. Recordaba al mítico y heroico Hércules, que, al igual que Donar, era el protector de las personas. Magusanus significa "el poderoso", y hay quien opina que el nombre Novio Magus deriva de aqui, si bien esto no es necesariamente cierto.
Se ha encontrado el nombre de Hercules Magusanus en joyas, monedas y altares, como en Houten, Tiellandt y Ubbergen. También han aparecido inscripciones con ese nombre en Ruimel, donde se dice que San Willibrord destruyó un templo dedicado a Hercules Magusanus para levantar una iglesia en su mismo lugar.Y se han encontrado más inscripciones de Hercules Magusanus tanto en Roma, como en Vetera, Bonna, y en lugares mucho más al norte, como es el caso de la Muralla Hadriana.
La razón de que aparezca este nombre en lugares tan lejanos entre sí se debe a que un importante número de bátavos se alistaron en las Legiones romanas, y fueron dispersados a lo largo de todo el Imperio.Y porque Donar era un dios guerrero, de combate, que fue especialmente popular entre las tropas bátavas. Una inscripción encontrada en Empel, relativa a un legionario bátavo, dice: "Por Hercules Magusanus. De Julius Genialis, veterano de la Legio X, también conocida como la Gemina, la Justa y la Fiel, que ha pagado gratamente y con razón una deuda".
Los bátavos también adoraban a Wodan, llamado por los romanos Mercurius Friausius (de Eriasus). Friausius equivaldría a "libre, adorable", y más razonable parece aplicarlo a la esposa de Wodan, Frigga. En Ubbergen se encontró un altar dedicado a Wodan, y en Nijmegen apareció la inscripción "Mercurius Rex".
Los bátavos contaban con un amplio repertorio de diosas. En la zona del Rhin situada entre Nijmegen y Colonia se adoraba a las denominadas "Matronas", que consistía en un grupo de tres diosas cuyas atribuciones eran variadas: curación, justicia y guerra. Serían comparables a las Nornas (diosas germanas del destino), así como a las Morrigan (la triada de diosas celtas). El culto de las Matronas era sumamente popular, y fue introducido en el Imperio Romano por los legionarios germanos. Más adelante, las tres diosas fueron reemplazadas por tres dioses, entre los que se encontraban Donar y Wodan. No se conoce con certeza al tercero. En el tiempo en el que las antiguas tribus germanas fueron cristianizadas, la creencia en la tríada de dioses/diosas estaba tan arraigada que fue imposible eliminarla. Esta podría ser una de las razones de que algunos cristianos crean tanto en "Padre, Hijo y Espíritu Santo" como en "Fe, Esperanza y Amor".
La diosa bátava mejor conocida habría sido Hel, la diosa del inframundo. Su nombre podría aludir al de la actual Elst, donde se hallaron varios templos dedicados a ella.
Además de las diosas, también tenían bastante relevancia las profetisas. La más conocida es Veleda, que jugó un importante papel en la Revuelta de Julius Civilis. Los bátavos la veneraban como a una diosa. En el año 77 fue hecha prisionera por los romanos, llevada a Roma, y no se volvió a oír hablar de ella.
Los bátavos también respetaban mucho la Naturaleza, tanto la flora como la fauna. Tenían cuevas sagradas, piedras sagradas, colinas sagradas e, inclusive, fortalezas sagradas; y también los animales tenían su propia espiritualidad. Escribe Tácito:
"Los bátavos, posiblemente los más aguerridos de entre todas las tribus germanas, ocuparon la ribera y la Isla del Rhin. Solo eran una rama de los catos que a causa de una guerra civil emigraron a su actual asentamiento, viéndose destinados a formar parte del Imperio Romano. Pero todavía conservan un privilegio honorable, en recuerdo de su antigua alianza con nosotros. No están sujetos a la indignidad de tributar por la tierra según las leyes sobre recaudación de impuestos. Libres de tasas y reclutamientos especiales, preservados para las batallas, son, como las armas y las armaduras, para ser usados en combate".

En tanto los bátavos habitaron a la otra orilla del Rhin, formaron parte de la tribu de los catos. Al ser expulsados por una revuelta local tomaron posesión de una zona despoblada, en el extremo de la costa de la Galia, y también en una isla cercana, delimitada por el mar a su frente, y por el Rhin tanto en la parte de atrás como en las laterales. Sin atemorizarse por el poder de Roma o por la alianza con otros pueblos más fuertes que ellos, no pudieron proporcionar al Imperio otra cosa que hombres y armas. Tenían un buen entrenamiento, adquirido en las guerras internas germanas, y se habían hecho con un gran renombre en Britania, país al que fueron trasferidas sus cohortes, siendo capitaneadas, según una antigua tradición, por los más nobles de entre ellos. En su país, los bátavos también contaban con un cuerpo de caballería de élite, que ponía en práctica sus habilidades como nadadores, de tal manera que podían cruzar la corriente del Rhin con sus armas y caballos, y esto lo hacían sin romper la formación de sus escuadrones de combate.
Un siglo después de que el emperador Augusto (27 A.C.-14 D.C.) transformase la República Romana en una monarquía, los habitantes del Imperio habían crecido habituados a los dictados y leyes de un solo hombre. En tanto que el Emperador fuese alguien competente y capacitado, como era el caso de Augusto, Tiberio o Claudio, el sistema de gobierno funcionaba razonablemente bien. Sin embargo, los problemas surgirían cuando alguien menos capacitado se hiciese cargo del Imperio.
Durante el reinado de Nerón (54-68) las provincias del Imperio estaban en paz y eran prósperas, pero cuando el Emperador se empezó a comportar como un déspota, los senadores, que eran, como los gobernadores, responsables de las provincias, empezaron a sufrir de forma brutal.
Uno de ellos era Caius Iulius Vindex, un príncipe aquitano que había alcanzado el estatus de senador, y era el gobernador de la Galia Lugdunensis. En el invierno de 67-68, decidió poner punto final a semejante opresión. Puesto que era senador, intentó hacerlo todo de forma acorde a la legalidad, de modo que empezó por buscar un sucesor para el trono que valiera la pena.
En abril del año 68 encontró a su hombre; se trataba del Gobernador de la Hispania Tarraconensis, Servius Sulpicius Galba. En este punto, inició la insurrección.
La revuelta de Vindex fue un desastre. El comandante en jefe de las legiones acantonadas en Germania Superior, Lucius Verginius Rufus, temiendo un levantamiento de los nativos de la Galia, ordenó a sus tropas marchar desde el Rhin a Besançon, donde estaba el cuartel general de los rebeldes. Vindex fue incapaz de explicar sus motivos, y habiendo perdido la batalla de la propaganda, también perdió la batalla real, además de su propia vida.
Entretanto, Nerón andaba aterrorizado y estaba imposible. En junio, el Senado había reconocido a Galba como el nuevo gobernante del Imperio, y Nerón se había suicidado. Entre aquellos que no compartieron el regocijo generalizado estaban los soldados de las Legiones del Rhin, tanto en Germania Superior como en la Inferior. Opinaban que habían hecho un buen trabajo suprimiendo la revuelta de Vindex, pero ahora descubrían que sus valientes hazañas eran explicadas como un intento de obstaculizar la llegada de Galba al trono imperial. El hecho de destituir a Verginius Rufus fulminantemente, nombrando a Marcus Hordeonius Flaccus, no hizo mucho por disminuir el descontento.
La población nativa descubrió, más o menos, algo parecido. Prudentemente, se habían situado del lado de las Legiones del Rhin, pero ahora eran sospechosos ante los ojos del Emperador. Sin ir más lejos, Galba prescindió de la caballería bátava que formaba parte de la escolta del emperador. Semejante licenciamiento sin honor hizo poco por mejorar la situación en las tierras del Rhin.
En enero del año 69, las cosas se desbordaron cuando las tropas de Germania Inferior proclamaron emperador a su comandante, Aulus Aulus Vitellius. Al igual que Nerón, Galba era incapaz de plantarle cara a un rival. Se aterrorizó, ofendió a importantes senadores, e incurrió en la ira de los miembros de la Guardia Pretoriana, que no tuvieron inconveniente en ahorcarlo en el Foro.
Lo sucedió un senador rico llamado Marcus Salvius Otho, que, de paso, heredó la guerra contra Vitellius. No llegó a disfrutar de su posición. Su ejército carecía de la dilatada experiencia de las Legiones de Vitellius, que, más o menos, habían recibido refuerzos y apoyos de las tropas de Germania Superior y Britania. En abril, Otho fue derrotado en las riberas del Po y se suicidó.
Vitellius se había convertido en señor único del mundo romano. Sin embargo, había desplazado con él a Italia a tan gran ejército, que había dejado detrás a tan sólo la cuarta parte de las tropas. El Rhin estaba virtualmente desguardado. Casi inmediatamente después de haber ocupado Roma, envió de vuelta a las unidades militares. Entre ellas estaban ocho unidades de Infantería Bátava que habían combatido valerosamente en las riberas del Po. Apenas habían llegado a Moguntiacum (Mainz), cuando recibieron la orden de volver a Italia. De nuevo, tenían que ayudar a Vitellius, esta vez en su lucha contra un nuevo aspirante al trono imperial, el entonces comandante de las tropas romanas en Judea, Titus Flavius Vespasianus, mejor conocido simplemente como Vespasiano. Tras Galba, Vitellius y Otho, era el cuarto emperador del largo (pero singular) año 69.
Vitellius, que era ahora el Emperador, necesitaba tropas para defenderlo contra el general Vespasiano, que marchaba sobre Roma procedente de Judea. Las ocho unidades bátavas de infanteria auxiliar que se dirigían a Italia no eran suficientes para defender a Vitellius contra Vespasiano; hacían falta más hombres, de modo que ordenó al comandante de las Legiones del Rhin, Marcus Hordeonius Flaccus, que le enviara tropas extra.

La principal fuente de información de lo ocurrido en los años 69 y 70, el historiador romano Tácito (55-120), no tiene una sola palabra amable que decir acerca del general Flaccus. Según lo que opina Tácito, el general era indolente, inseguro, lento, y único responsable de las derrotas romanas ocurridas el año 69. Sin embargo, en su descripción de la revuelta bátava, continuamente contrapone a los civilizados pero decadentes romanos frente a los salvajes pero nobles bátavos (un recurso que también emplea en sus "Orígenes y costumbres de los germanos"). Su retrato idealizado del líder bátavo Julius Civilis se opone como un espejo frente a la descripción de Flaccus como un incompetente derrotista. Se trata de tipos extremos.
Por supuesto, es posible que Flaccus fuese realmente un incompetente, pero no hay razón alguna que haga dudar de que era un comandante capacitado, que hizo lo que pudo en unas circunstancias extremadamente difíciles. Lo menos que se puede decir de Flaccus es que veía venir (y reconocía) los problemas: rehusó apoyar a Vitellius, viendo que era temerario retirar más tropas de las fronteras germanas.
Tras la negativa de Flaccus, Vitellius exigió reclutar nuevas tropas. Esta actitud implicaba una disuasión para futuros rebeldes, y podría haber funcionado, pero ningun bátavo se impresionó mucho con semejante medida, dado que no había tropas en las cercanías para mantener la tregua. Tácito escribe:

"Los bátavos en edad militar fueron reclutados. La leva fue, dada su naturaleza, una gran carga para ellos, pero aún resultó más opresiva por la codicia y el despilfarro de los reclutadores, que llamaron a filas a ancianos e inútiles a fin de poder exigir un soborno para librarlos; en tanto que los apuestos y jóvenes muchachos (En general, los chicos bátavos son bastante altos) eran arrastrados a filas para satisfacer su codicia. Esto dió lugar a un amargo resentimiento entre los bátavos, y los cabecillas de la previsible revuelta triunfaron cuando arrastraron a sus paisanos a negarse a prestar servicio de armas."

Esto de momento, pero hay más, mucho más.

Ennia Durmia

lunes, 5 de abril de 2004

Algunas reflexiones en torno a la “reconstrucción” y el estudio de la cultura romana

Todos los que formamos parte de NRH compartimos el interés por la cultura romana. Además, este interés en ocasiones se convierte en pasión y a muchos nos gustaría pasearnos por el foro de Roma o vivir entre las ruinas de Pompeya un mundo ya perdido. Pero cerca de dos milenios nos separan de la Roma que todos
tenemos en mente. Desde entonces se han producido muchos cambios en la sociedad y es una realidad que no es posible revivir de forma completa el mundo romano. Es por ello que la reconstrucción en muchas ocasiones deba convertirse en interpretación o adecuación a la moral y la sociedad actual. En este sentido,
toda reconstrucción ha de plantearse desde el marco de convivencia que NR se ha dotado.

Dentro de estos márgenes constitucionales la reconstrucción se puede hacer desde dos ámbitos distintos, pero también complementarios, que convienen definir de forma adecuada: el colectivo y el individual. Como labor colectiva hay de entender aquella que sobrepasa el ámbito personal. En este sentido, surge al
producirse una mutua compatibilidad de intereses que hace que dos o más personas trabajen en un mismo campo, como es el caso de la legio. Pero también, al pedir la ciudadanía romana, todos nosotros aceptamos de forma implícita participar en la reconstrucción colectiva de la sociedad y el sistema político romano-republicano. Esta participación también debe realizarse dentro de unos límites claramente definidos que todos debemos respetar y por cuyo desarrollo deben velar los miembros de la curia. Estos parámetros son en su mayor parte formales aunque también de contenido. En este sentido, Roma debe ser maestra y
al afrontar cualquier actuación legislativa hay que acudir a Roma para ver cómo se realizó, adaptando las leyes pertinentes a la actualidad y al mundo virtual.

El ámbito individual es mucho más heterogéneo, pues las posibilidades reconstructivas son tantas como personas existen. Sin embargo hay que tener en cuenta que éstas deben realizarse dentro de un explícito reconocimiento de la realidad actual. En otras palabras, no se puede salir en toga a por el periódico, ni pretender que el latín vuelva a ser la lengua internacional por excelencia. Actitudes como ésta sólo pueden conducir a la frustración. El ámbito interior y las posibilidades que proporcionan las nuevas tecnologías deben ser las herramientas de trabajo del “reconstruccionista individual”. Como individuo es posible influir sobre uno mismo tratando de recuperar virtudes ideales o valores a menudo olvidados. Del mismo modo, a través de las herramientas informáticas es posible trasladar al mundo virtual ámbitos más complejos que
exceden al propio individuo, haciendo partícipe a la comunidad de ellos.

Pero para realizar todo esto, la “reconstrucción” no puede estar alejada del “estudio”. La “reconstrucción” y el “estudio” deben correr parejos, alimentándose recíprocamente en un avance continuo. Hay ciudadanos que sólo desean aprender, sin tratar de ir más allá. Por otro lado, otros desean reconstruir pero no saben cómo. Estos deseos y necesidades no pueden verse relegados. Por ello debe ser labor de todos los ciudadanos fomentar la aparición de los elementos necesarios para la difusión de las ideas. Las interpretaciones
individuales deben tener un espacio propio que se constituya en un lugar en donde poder aprender de la experiencia personal y al que solicitar consejo. Pero también la curia debe proporcionar las herramientas necesarias para favorecer el estudio.

Es un hecho que sin “estudio” no puede haber “reconstrucción”, pero hay que evitar la excesiva dispersión del “estudioso”. El “estudio” ha de ser apoyado y promovido desde la curia. Ésta ha de crear cauces que respondan al interés del ciudadano y que le abran nuevas vías que despierten su atención y le inviten a
profundizar en ellas, llegando en último término a la “reconstrucción”.


A. Minicius Iordannes Pompeianus