martes, 4 de mayo de 2004

Las revueltas bátavas: Introducción

Los bátavos, o Batavii, como les llamaban los romanos, eran una tribu de la que se conoce su existencia en Germania alrededor del año 100 A.C, hasta la actualidad, desde la orilla del Rhin hasta la zona de lo que ahora es Nijmegen y De Betuwe.
Probablemente, no se sabría mucho de ellos en la actualidad de no ser por un guerrero bátavo llamado Gaius (o Claudius) Julius Civilis, al cual se suele aludir casi siempre como Julius Civilis.
Este Julius fue el dirigente de la rebelión bátava que tuvo lugar el año 69 D.C., en la zona actualmente fronteriza entre Alemania y Holanda, cerca de Nijmegen.
Los bátavos fueron romanizados, pero conservaron su religión y sus códigos. Lo que se conoce sobre ellos es, sobre todo, lo que Tácito escribió.
Procedentes del norte de Hessen, los bátavos fueron, originariamente, parte de la tribu de los catos. En el año 50 A.C., los bátavos llegaron a lo que ahora son los Países Bajos, por entonces una parte de Germania. Los bátavos siguieron el curso del Rhin, y se establecieron en la zona actualmente denominada "Betuwe", que ellos llamaban "La Isla", al ser la parte de tierra entre los ríos Rhin y Waal.
La capital de los bátavos era Noviomagus Batavodurum (Nijmegen). Segun el interesante (aunque no siempre fidedigno) historiador Tácito, los bátavos eran los más valientes y fieros de todas las tribus germanas: "Son, como armas y corazas, para ser usados sólo en la guerra"

Donar era el principal de los dioses bátavos, siendo Thor su contrapartida escandinava. El centro principal del culto de los bátavos se situaba cerca del actual Nijmegen, donde se construyeron dos templos dedicados a Donar. Se encontró otro templo cerca de Elst, en el centro de "La Isla". Los bátavos solían cantar sus himnos de guerra en su nombre, y era adorado en templos abiertos. Esos templos eran lugares abiertos, con solo una pequeña valla, puesto que los bátavos no creían apropiado limitar a sus dioses usando paredes y techos.
Los romanos denominaron a Donar como Hercules Magusano. Recordaba al mítico y heroico Hércules, que, al igual que Donar, era el protector de las personas. Magusanus significa "el poderoso", y hay quien opina que el nombre Novio Magus deriva de aqui, si bien esto no es necesariamente cierto.
Se ha encontrado el nombre de Hercules Magusanus en joyas, monedas y altares, como en Houten, Tiellandt y Ubbergen. También han aparecido inscripciones con ese nombre en Ruimel, donde se dice que San Willibrord destruyó un templo dedicado a Hercules Magusanus para levantar una iglesia en su mismo lugar.Y se han encontrado más inscripciones de Hercules Magusanus tanto en Roma, como en Vetera, Bonna, y en lugares mucho más al norte, como es el caso de la Muralla Hadriana.
La razón de que aparezca este nombre en lugares tan lejanos entre sí se debe a que un importante número de bátavos se alistaron en las Legiones romanas, y fueron dispersados a lo largo de todo el Imperio.Y porque Donar era un dios guerrero, de combate, que fue especialmente popular entre las tropas bátavas. Una inscripción encontrada en Empel, relativa a un legionario bátavo, dice: "Por Hercules Magusanus. De Julius Genialis, veterano de la Legio X, también conocida como la Gemina, la Justa y la Fiel, que ha pagado gratamente y con razón una deuda".
Los bátavos también adoraban a Wodan, llamado por los romanos Mercurius Friausius (de Eriasus). Friausius equivaldría a "libre, adorable", y más razonable parece aplicarlo a la esposa de Wodan, Frigga. En Ubbergen se encontró un altar dedicado a Wodan, y en Nijmegen apareció la inscripción "Mercurius Rex".
Los bátavos contaban con un amplio repertorio de diosas. En la zona del Rhin situada entre Nijmegen y Colonia se adoraba a las denominadas "Matronas", que consistía en un grupo de tres diosas cuyas atribuciones eran variadas: curación, justicia y guerra. Serían comparables a las Nornas (diosas germanas del destino), así como a las Morrigan (la triada de diosas celtas). El culto de las Matronas era sumamente popular, y fue introducido en el Imperio Romano por los legionarios germanos. Más adelante, las tres diosas fueron reemplazadas por tres dioses, entre los que se encontraban Donar y Wodan. No se conoce con certeza al tercero. En el tiempo en el que las antiguas tribus germanas fueron cristianizadas, la creencia en la tríada de dioses/diosas estaba tan arraigada que fue imposible eliminarla. Esta podría ser una de las razones de que algunos cristianos crean tanto en "Padre, Hijo y Espíritu Santo" como en "Fe, Esperanza y Amor".
La diosa bátava mejor conocida habría sido Hel, la diosa del inframundo. Su nombre podría aludir al de la actual Elst, donde se hallaron varios templos dedicados a ella.
Además de las diosas, también tenían bastante relevancia las profetisas. La más conocida es Veleda, que jugó un importante papel en la Revuelta de Julius Civilis. Los bátavos la veneraban como a una diosa. En el año 77 fue hecha prisionera por los romanos, llevada a Roma, y no se volvió a oír hablar de ella.
Los bátavos también respetaban mucho la Naturaleza, tanto la flora como la fauna. Tenían cuevas sagradas, piedras sagradas, colinas sagradas e, inclusive, fortalezas sagradas; y también los animales tenían su propia espiritualidad. Escribe Tácito:
"Los bátavos, posiblemente los más aguerridos de entre todas las tribus germanas, ocuparon la ribera y la Isla del Rhin. Solo eran una rama de los catos que a causa de una guerra civil emigraron a su actual asentamiento, viéndose destinados a formar parte del Imperio Romano. Pero todavía conservan un privilegio honorable, en recuerdo de su antigua alianza con nosotros. No están sujetos a la indignidad de tributar por la tierra según las leyes sobre recaudación de impuestos. Libres de tasas y reclutamientos especiales, preservados para las batallas, son, como las armas y las armaduras, para ser usados en combate".

En tanto los bátavos habitaron a la otra orilla del Rhin, formaron parte de la tribu de los catos. Al ser expulsados por una revuelta local tomaron posesión de una zona despoblada, en el extremo de la costa de la Galia, y también en una isla cercana, delimitada por el mar a su frente, y por el Rhin tanto en la parte de atrás como en las laterales. Sin atemorizarse por el poder de Roma o por la alianza con otros pueblos más fuertes que ellos, no pudieron proporcionar al Imperio otra cosa que hombres y armas. Tenían un buen entrenamiento, adquirido en las guerras internas germanas, y se habían hecho con un gran renombre en Britania, país al que fueron trasferidas sus cohortes, siendo capitaneadas, según una antigua tradición, por los más nobles de entre ellos. En su país, los bátavos también contaban con un cuerpo de caballería de élite, que ponía en práctica sus habilidades como nadadores, de tal manera que podían cruzar la corriente del Rhin con sus armas y caballos, y esto lo hacían sin romper la formación de sus escuadrones de combate.
Un siglo después de que el emperador Augusto (27 A.C.-14 D.C.) transformase la República Romana en una monarquía, los habitantes del Imperio habían crecido habituados a los dictados y leyes de un solo hombre. En tanto que el Emperador fuese alguien competente y capacitado, como era el caso de Augusto, Tiberio o Claudio, el sistema de gobierno funcionaba razonablemente bien. Sin embargo, los problemas surgirían cuando alguien menos capacitado se hiciese cargo del Imperio.
Durante el reinado de Nerón (54-68) las provincias del Imperio estaban en paz y eran prósperas, pero cuando el Emperador se empezó a comportar como un déspota, los senadores, que eran, como los gobernadores, responsables de las provincias, empezaron a sufrir de forma brutal.
Uno de ellos era Caius Iulius Vindex, un príncipe aquitano que había alcanzado el estatus de senador, y era el gobernador de la Galia Lugdunensis. En el invierno de 67-68, decidió poner punto final a semejante opresión. Puesto que era senador, intentó hacerlo todo de forma acorde a la legalidad, de modo que empezó por buscar un sucesor para el trono que valiera la pena.
En abril del año 68 encontró a su hombre; se trataba del Gobernador de la Hispania Tarraconensis, Servius Sulpicius Galba. En este punto, inició la insurrección.
La revuelta de Vindex fue un desastre. El comandante en jefe de las legiones acantonadas en Germania Superior, Lucius Verginius Rufus, temiendo un levantamiento de los nativos de la Galia, ordenó a sus tropas marchar desde el Rhin a Besançon, donde estaba el cuartel general de los rebeldes. Vindex fue incapaz de explicar sus motivos, y habiendo perdido la batalla de la propaganda, también perdió la batalla real, además de su propia vida.
Entretanto, Nerón andaba aterrorizado y estaba imposible. En junio, el Senado había reconocido a Galba como el nuevo gobernante del Imperio, y Nerón se había suicidado. Entre aquellos que no compartieron el regocijo generalizado estaban los soldados de las Legiones del Rhin, tanto en Germania Superior como en la Inferior. Opinaban que habían hecho un buen trabajo suprimiendo la revuelta de Vindex, pero ahora descubrían que sus valientes hazañas eran explicadas como un intento de obstaculizar la llegada de Galba al trono imperial. El hecho de destituir a Verginius Rufus fulminantemente, nombrando a Marcus Hordeonius Flaccus, no hizo mucho por disminuir el descontento.
La población nativa descubrió, más o menos, algo parecido. Prudentemente, se habían situado del lado de las Legiones del Rhin, pero ahora eran sospechosos ante los ojos del Emperador. Sin ir más lejos, Galba prescindió de la caballería bátava que formaba parte de la escolta del emperador. Semejante licenciamiento sin honor hizo poco por mejorar la situación en las tierras del Rhin.
En enero del año 69, las cosas se desbordaron cuando las tropas de Germania Inferior proclamaron emperador a su comandante, Aulus Aulus Vitellius. Al igual que Nerón, Galba era incapaz de plantarle cara a un rival. Se aterrorizó, ofendió a importantes senadores, e incurrió en la ira de los miembros de la Guardia Pretoriana, que no tuvieron inconveniente en ahorcarlo en el Foro.
Lo sucedió un senador rico llamado Marcus Salvius Otho, que, de paso, heredó la guerra contra Vitellius. No llegó a disfrutar de su posición. Su ejército carecía de la dilatada experiencia de las Legiones de Vitellius, que, más o menos, habían recibido refuerzos y apoyos de las tropas de Germania Superior y Britania. En abril, Otho fue derrotado en las riberas del Po y se suicidó.
Vitellius se había convertido en señor único del mundo romano. Sin embargo, había desplazado con él a Italia a tan gran ejército, que había dejado detrás a tan sólo la cuarta parte de las tropas. El Rhin estaba virtualmente desguardado. Casi inmediatamente después de haber ocupado Roma, envió de vuelta a las unidades militares. Entre ellas estaban ocho unidades de Infantería Bátava que habían combatido valerosamente en las riberas del Po. Apenas habían llegado a Moguntiacum (Mainz), cuando recibieron la orden de volver a Italia. De nuevo, tenían que ayudar a Vitellius, esta vez en su lucha contra un nuevo aspirante al trono imperial, el entonces comandante de las tropas romanas en Judea, Titus Flavius Vespasianus, mejor conocido simplemente como Vespasiano. Tras Galba, Vitellius y Otho, era el cuarto emperador del largo (pero singular) año 69.
Vitellius, que era ahora el Emperador, necesitaba tropas para defenderlo contra el general Vespasiano, que marchaba sobre Roma procedente de Judea. Las ocho unidades bátavas de infanteria auxiliar que se dirigían a Italia no eran suficientes para defender a Vitellius contra Vespasiano; hacían falta más hombres, de modo que ordenó al comandante de las Legiones del Rhin, Marcus Hordeonius Flaccus, que le enviara tropas extra.

La principal fuente de información de lo ocurrido en los años 69 y 70, el historiador romano Tácito (55-120), no tiene una sola palabra amable que decir acerca del general Flaccus. Según lo que opina Tácito, el general era indolente, inseguro, lento, y único responsable de las derrotas romanas ocurridas el año 69. Sin embargo, en su descripción de la revuelta bátava, continuamente contrapone a los civilizados pero decadentes romanos frente a los salvajes pero nobles bátavos (un recurso que también emplea en sus "Orígenes y costumbres de los germanos"). Su retrato idealizado del líder bátavo Julius Civilis se opone como un espejo frente a la descripción de Flaccus como un incompetente derrotista. Se trata de tipos extremos.
Por supuesto, es posible que Flaccus fuese realmente un incompetente, pero no hay razón alguna que haga dudar de que era un comandante capacitado, que hizo lo que pudo en unas circunstancias extremadamente difíciles. Lo menos que se puede decir de Flaccus es que veía venir (y reconocía) los problemas: rehusó apoyar a Vitellius, viendo que era temerario retirar más tropas de las fronteras germanas.
Tras la negativa de Flaccus, Vitellius exigió reclutar nuevas tropas. Esta actitud implicaba una disuasión para futuros rebeldes, y podría haber funcionado, pero ningun bátavo se impresionó mucho con semejante medida, dado que no había tropas en las cercanías para mantener la tregua. Tácito escribe:

"Los bátavos en edad militar fueron reclutados. La leva fue, dada su naturaleza, una gran carga para ellos, pero aún resultó más opresiva por la codicia y el despilfarro de los reclutadores, que llamaron a filas a ancianos e inútiles a fin de poder exigir un soborno para librarlos; en tanto que los apuestos y jóvenes muchachos (En general, los chicos bátavos son bastante altos) eran arrastrados a filas para satisfacer su codicia. Esto dió lugar a un amargo resentimiento entre los bátavos, y los cabecillas de la previsible revuelta triunfaron cuando arrastraron a sus paisanos a negarse a prestar servicio de armas."

Esto de momento, pero hay más, mucho más.

Ennia Durmia