jueves, 20 de mayo de 2004

Las Revueltas Bátavas (I)

Civilis aún era el comandante de una de las unidades auxiliares bátavas al servicio de Roma; sin embargo, el comandante de las Legiones del Rhin, Marcus Hordeonius Flaccus, no sabía que Civilis conspiraba contra Roma, pese a sospechar que algo estaba ocurriendo. Esto brindó a Civilis su oportunidad. Indujo a los cananefates (una tribu situada entre los bátavos y el mar) a alzarse, en la confianza de que Flaccus lo enviaría justamente a él a sofocar la rebelión.
Tácito cuenta cómo comenzó la guerra contra los romanos en agosto del año 69.

“Entre los cananefates había un loco desesperado e imprudente llamado Brinno, descendiente de una muy distinguida familia. Su padre había sido partícipe en numerosos saqueos [...]. El mero hecho de ser su hijo el heredero de una familia rebelde le proporcionaba bastantes apoyos. Se colocó sobre un escudo, según la antigua costumbre tribal, y fue transportado sobre los oscilantes hombros de sus porteadores para simbolizar su elección como líder. De inmediato reclutó a los frisios del otro lado del Rhin, emboscó a dos unidades auxiliares romanas en las proximidades de sus campamentos y, de forma simultánea, los invadió desde el Mar del Norte.
La guarnición no esperaba tal ataque, y no hubiesen tenido fuerzas para resistirlo cuando llegase a ocurrir, de tal manera que los puestos fueron capturados y desvalijados. Entonces, el enemigo cayó sobre los proveedores y los que comerciaban con los romanos, quienes se dispersaron por toda la región sin plantearse guerrear. Los saqueadores estuvieron también a punto de destruir los puestos y campamentos fronterizos, pero estos fueron incendiados por sus comandantes, puesto que no los podían defender”

Entre los campamentos destruidos por Brinno se encontraba el de la III Unidad de Caballería Gallica, destinada en Praetorium Agrippinae (la actual Valkenburg, cerca de Leyden), donde los arqueólogos han llegado a encontrar la capa de tierra quemada. Y entre los puestos fronterizos destruidos por los propios romanos, se encuentra el de Traiectum (Actual Utrecht). Un detalle que se ha mencionado es el hallazgo de un tesoro de 50 piezas de oro, enterrado por un legionario que jamás pudo conseguir recuperarlo.

Tácito continúa su relato:

“Las sedes de las diversas unidades auxiliares que se pudieron reunir, así como las tropas, fueron conducidas a la parte oriental de La Isla, al mando de un centurión veterano llamado Aquilius. Pero sólo era un ejército sobre el papel, carente de fuerza real. Difícilmente podría haber sido de otro modo, teniendo en cuenta que Vitellius había retirado la mayor parte de los efectivos de las unidades”.

Por una afortunada casualidad, este Aquilius es conocido a partir de un hallazgo arqueológico: un disco o medalla de plata que se encontró en una base de la caballería (conocida como “Kopse Hof”), al este del Oppidum Batavorum, la capital de los bátavos (la actual Nijmegen). El nombre completo era Caius Aquilius Proculus, y había pertenecido a la Legio VIII Augusta, que no estaba estacionada en las provincias germanas.
Este dato es muy importante, puesto que reivindica al general Flaccus: si un centurión veterano estaba presente en Nijmegen era porque Flaccus había enviado refuerzos, lo cual sólo se explica asumiendo que esperaba problemas con los bátavos. Por tanto, la teoría de Tácito de que el ataque fue por sorpresa es errónea: los romanos fueron sorprendidos con las defensas bajas porque no contaban con una rebelión de los cananefates, pero estaban al tanto de las tensiones crecientes.
Civilis elaboró un plan. Se echó encima la tarea de criticar a los comandantes por abandonar sus fuertes, y ofreció ir a pactar en persona con los cananefates, contando con la ayuda de la unidad a las órdenes de su comandante. En opinión de los comandantes romanos, podían volverse a sus correspondientes acuartelamientos. Pero los germanos son un pueblo que adora pelear, de manera que no mantuvieron el secreto mucho tiempo. Gradualmente, se fueron extendiendo los rumores de que se estaba planeando algo, y acabó descubriéndose la verdad:la sugerencia de Civilis implicaba una trampa. Las unidades dispersas eran más propensas a ser destruidas, y el instigador no era Brinno, sino Civilis.
En este punto, Tácito se muestra sumamente insidioso. No da el nombre del oficial romano que se percató de la estratagema de Civilis e investigó lo que podría estar ocurriendo, pero seguramente fue alguien por encima de Civilis en el escalafón militar; en otras palabras, Marcus Hordeonius Flaccus. Continuando con el relato de Tácito, esa descripción de la derrota de Aquilius, se puede observar que los romanos recibieron refuerzos por vía fluvial. Es fácil adivinar quien fue el responsable de enviarlos.

Al quedarse en nada el complot, Civilis recurrió a la fuerza y reclutó a los cananefates, frisios y bátavos como fuerzas de asalto independientes. Por parte romana, se había establecido el frente a no demasiada distancia del Rhin, y los escuadrones navales que se habían situado en este punto se alinearon para enfrentarse al enemigo.
Al poco de empezar la batalla, una unidad tungria se pasó a Civilis, y las tropas romanas, en desbandada ante esta imprevista traición, fueron derrotadas por la arremetida combinada de aliados y enemigos.
Los tungrios eran una tribu romanizada que vivían en el este de la actual Bélgica, donde aún perdura su recuerdo en la ciudad llamada Tongeren. Para los romanos, el hecho de que desertaran en el curso de esta batalla (que probablemente tuvo lugar al sur de la actual Arnhem)fue alarmante, puesto que hacía pensar que las unidades auxiliares que fueran reclutadas entre otras tribus leales podrían no ser de fiar. Sin embargo, eran, lo mismo que las agotadas Legiones, las únicas tropas de que disponía Flaccus. Para empeorar las cosas, tanto los voluntarios de las provincias del norte como las tribus germanas del otro lado del Rhin estaban de parte de Civilis.
Este triunfo consiguió un prestigio inmediato para los rebeldes, y proporcionó una base muy útil para acciones futuras. Habían conseguido las armas y naves que precisaban, y fueron aclamados como libertadores apenas se difundió la noticia, como un fuego incontrolado, por todas las provincias germanas y galas. Aquellas enviaron su ofrecimiento de ayuda inmediatamente. Para la alianza con las provincias galas, Civilis recurrió a la astucia y el soborno para conseguirla, devolviendo a los comandantes de las unidades auxiliares que habían sido capturados a sus correspondientes tribus, y ofreciendo a los hombres la oportunidad de elegir entre ser licenciados o continuar alistados. A aquellos que se quedaron se les ofreció servir según términos honorables, y aquellos que se fueron recibieron parte del botín de guerra tomado a los romanos.
Los romanos fueron expulsados de toda la región situada a lo largo de los ríos Maas, Waal y Rhin. La base de caballería de Kopse Hof es el único campamento romano que no fue incendiado, lo que sugiere que los romanos fueron capaces de conservarlo, y que todavía controlaban el cruce del Waal cerca de Nijmegen.

Hasta ese momento, en el lado romano, la guerra había sido sostenida por los auxilia: tropas escasamente armadas que se reclutaban entre la población nativa, y que no podían competir con los bátavos, que estaban en mayoría. La respuesta de Flaccus ante la derrota fue enviar a las Legiones, con infanteria armada convenientemente.
Las Legiones V Alaudae y XV Primigenia dejaron su base habitual, en Vetera, junto con tres unidades auxiliares: ubios de la actual Colonia, tréviros procedentes de la moderna Trier y el escuadrón bátavo.
Flaccus y el comandante de la fuerza expedicionaria, un senador llamado Munius Lupercus, podrían haber tenido sus dudas sobre el asunto, pero sabían que estaba al mando un enemigo personal de Julius Civilis, un hombre llamado Claudius Labeo. A finales de agosto, ocuparon Insula Batavorum. En algun sitio, al norte de Nijmegen, se encontraron con el ejército bátavo.
Cerca de Civilis se concentraban los estandartes romanos capturados: sus hombres tenían los ojos clavados en los trofeos recientemente ganados, en tanto que sus enemigos estaban desmoralizados por la cadena de derrotas sufridas.
Esto dio lugar a que las madres y hermanas, junto con las esposas e hijos de todos los hombres, ocupasen los puestos de la retaguardia como una incitación a la victoria o como un reproche en caso de derrota. Entonces, los cantos de combate de los guerreros y los estridentes gemidos de las mujeres sonaron por encima de la multitud, consiguiendo como respuesta tan sólo un débil saludo de las Legiones y de las tropas auxiliares.
El ala izquierda del frente romano pronto quedó expuesto, al desertar el regimiento de caballería bátavo, que de inmediato se dio la vuelta para enfrentarse a los romanos. Pero en esta espantosa situación, los legionarios mantuvieron intactos sus armas y sus filas.
Los auxiliares ubios y tréviros se deshonraron ellos mismos al huir en desbandada por todo el campo de batalla en salvaje vuelo. Contra ellos dirigieron los bátavos su ataque más feroz, lo que dió a las Legiones un respiro para volver al campamento de Vetera.

En este escenario, la base de Kopse Hof fue asaltada por los bátavos. Posiblemente,la ausencia de señales de violencia signifique que se trataba de la base de la caballería bátava que se pasó a Civilis.
Cualquiera que sea la interpretación exacta, la última guarnición se fue de las tierras bátavas, lo que supuso un enorme bofetón al prestigio romano. Un ejército de cerca de 6.500 hombres, incluyendo legionarios, había sido derrotado. Civilis debió ser un hombre feliz, pero eso no lo hizo sentirse generoso. No honró a Claudius Labeo, que había tenido un importante papel en la victoria bátava, sino que lo arrestó. Todavía detestaba a su enemigo, uno de los Claudii que había amenazado la posición de la vieja aristocracia bátava, y lo había enviado al exilio con los frisios del norte, lejos de cualquier futuro teatro de operaciones.
Cualquiera que fuese el objetivo de los rebeldes, lo habían alcanzado. La presencia de cientos de cadáveres demostraba, sin ninguna duda, que Civilis había vengado a su hermano. La tribu había castigado a los romanos por licenciar sin ningun tipo de honores a la Guardia Imperial y por el reclutamiento forzoso. Más aún, los bátavos eran considerados la tribu germana más poderosa de la zona. Si Julius Civilis quería ser el rey de su tribu, tenía razones para conseguirlo: alguien que había derrotado a dos Legiones tenía suficiente prestigio como para ser el líder de algunas tribus. Los bátavos habían ganado su libertad, y sabían que los romanos reconocerían su independencia y no los desafiarían.
Además,Civilis tenía una carta de Vespasiano, el comandante de las Legiones romanas destacadas en Judea que se había levantado contra el Emperador Vitellius. En esta carta le pedía a Civilis, con quien había combatido durante las guerras britanas, que se rebelase. De esta manera, Vitellius no podría emplear a todas sus tropas para luchar contra Vespasiano. Civilis había hecho precisamente aquello que Vespasiano le pedía, si bien, por otros motivos, y los bátavos tenían justificación en la esperanza de que Vespasiano les reconocería la independencia. Después de todo, el Emperador Tiberio había permitido, en una situación semejante, el año 28,la autonomía de frisios y catos.
Julius Civilis había conseguido todo lo que pretendía, pero en pocas semanas cometería el fatal error que supuso, un año después, su perdición.

Por Ennia Durmia