martes, 1 de junio de 2004

Las Revueltas Bátavas (II)

Vetera Castra (Xanten) es la contrapartida germana de Batavodorum (Nijmegen): albergaba a los legionarios romanos, y era una de las ciudades vigías de las fronteras septentrionales del Imperio Romano. Jugó un papel fundamental en la revuelta bátava.

Civilis y los bátavos ya tenían lo que buscaban: una independencia que sería reconocida por Vespasiano (básicamente, porque ganó la guerra contra Vitellius), y el desquite por el reclutamiento romano opresivo y por la muerte del hermano de Civilis.
Lo único que nunca debieron hacer fue atacar la fortaleza militar (donde estaban estacionadas dos Legiones romanas) de Castra Vetera; ningun Emperador podía dejar sin un castigo ejemplar semejante ataque a un símbolo del poder de Roma. Con solo una jabalina que hubiera sido lanzada contra los muros, resultaría inevitable que un enorme ejército se hubiera desplazado hasta el norte para reparar la humillación. Desde luego, la Guerra Civil tendría que haber terminado, pero cualquiera que la hubiese ganado estaba obligado a castigar tal ataque. Todos sabían que, casi tres años antes, los judíos habían atacado a la Legio XII Fulminata, y que los romanos habían respondido con feroces represalias. Julius Civilis, que había luchado en las tropas auxiliares romanas y era ciudadano romano, ciertamente debía haberlo sabido

Y aún así, a finales de septiembre del año 69, los bátavos lanzaron un ataque contra la guarnición de Castra Vetera.
Se eligió bien el momento: un mes antes, las Legiones de Vespasiano habían invadido Italia. En caso de haber represalias romanas, serían pospuestas por un tiempo. De manera que Civilis se tiñó el cabello de rojo, y juró que lo dejaría crecer hasta que hubiera destruído a las dos Legiones.
No es posible saber qué fue lo que lo llevó a firmar su propia sentencia de muerte.

Con independencia de cuáles fueran los motivos, lo cierto es que los bátavos eran tropas bien preparadas, puesto que habían recibido el mejor de los refuerzos posibles: las ocho unidades auxiliares que habían luchado junto a Vitellius en Italia aquella primavera, que habían sido devueltas para defender las fronteras del Rhin, y que habían sido vueltas a llamar para luchar contra Vespasiano. El año anterior, habían luchado contra los impuestos de Caius Julius Vindex, y antes de eso, habían estado en las zonas bélicas de Britania. Aquellos hombres sabían cómo luchar, y tenían más experiencia en combate que la mayoría de los legionarios.
El enviado de Civilis les dió alcance cuando casi habían llegado a los Alpes, y fácilmente los convenció de que su lugar estaba junto a los independientes bátavos.

Antes de entrar a discutir el ataque bátavo a Vetera Castra, conviene ver qué fue lo que ocurrió con aquellas Ocho Unidades Auxiliares. El comandante supremo de las fuerzas romanas en Germania Superior e Inferior, Marcus Hordeonius Flaccus, les había dado autorización para cruzar Moguntiacum.
Reunió a sus tribunos y centuriones, y les consultó sobre la conveniencia de aplastar por la fuerza a las tropas rebeldes. Pero no era, por su naturaleza, un hombre de acción, y sus mandos estaban preocupados por la actitud ambigua de las tropas auxiliares y por el suavizamiento de las Legiones debido al precipitado alistamiento; de manera que se pronunció en contra de arriesgar a las tropas fuera de la fortaleza militar. No obstante, cambió de opinión más adelante, y como sus consejeros volvieron a expresarle sus previas opiniones, dió la impresión que intentaba evitar algo, y escribió a Hernnius Gallus, estacionado en Bonna al mando de la Primera Legión, diciéndole que detuviese el paso de los bátavos, y prometiendo seguirlos pisándoles los talones con su ejército. De hecho, los sublevados podrían haber sido destruídos si Hordeonnius Flaccus y Hernnius Gallus se hubieran movido en direcciones opuestas y los hubieran atrapado entre dos fuegos. Pero Flaccus abandonó su plan, y en un comunicado de última hora a Gallus le advirtió que no molestase a las unidades en tránsito.
No está claro que fue lo que sucedió realmente. Por supuesto, Tácito le echa la culpa a M. H. Flaccus de no haber acabado con las Ocho Unidades Bátavas, pero las cosas debieron ser más complicadas de lo que él indica

Germania Inferior, que estaba amenazada por los bátavos, no era una provincia importante; Germania Superior y Galia Belgica, sin embargo, sí que lo eran. Probablemente, Flaccus buscaba alejar el problema hacia la periferia y permitió a los bátavos volver a su casa. De ese modo, la guerra se localizaría en algun lugar del norte, donde los intereses romanos principales no se verían amenazados. Este intento de situar la guerra en donde no dañase podría haber resultado ser una estrategia brillante, pero Flaccus fue asesinado, con lo que todo salió mal.
El segundo punto a analizar es que los dos Ejércitos, el de Moguntiacum y el de Bonna, eran menores que las Ocho Unidades Auxiliares bátavas. Solo si Flaccus y Gallus fueran capaces de atacar simultáneamente, estarían en mayoría y podrían resultar victoriosos. Flaccus no podía permitir la derrota de ambos Ejércitos.
Por último, había una guerra de mayor importancia desarrollándose en Italia, y Flaccus sabía que no se podía mover demasiado hacia el norte.
Todo esto lo llevó a seguir esta estrategia: mantener a toda costa la base fundamental de Moguntiacum, tratar de mantener Vetera Castra, y esperar hasta que acabase la Guerra Civil.
Esto parecía razonable, pero implicaba ciertos riesgos para la guarnición de Vetera, a cargo de Munius Lupercus.
El asedio empezó a finales de septiembre del año 69.
La llegada de las Unidades Auxiliares veteranas significaba que Civilis ahora estaba al mando de un auténtico ejército. Pero aún asi, todavía tenía dudas sobre qué curso debía seguir la acción, lo que refleja que Roma era fuerte. De manera que hizo que todos los hombres que tenía jurasen obediencia a Vespasiano, y envió un llamamiento a las dos Legiones que habían sido golpeadas en el compromiso previo y se habían retirado al campamento de Vetera, pidiéndoles que aceptasen el mismo juramento.

La réplica llegó: No tenían costumbre de seguir los consejos de un traidor ni los de un enemigo. Aun tenían un Emperador, Vitellius, y en su defensa mantendrían su lealtad y sus armas hasta el último aliento. De modo que no era de la incumbencia de un bátavo renegado sentarse a opinar sobre asuntos romanos. Sólo tenía que esperar lo suyo, el castigo de un felón.

Cuando esta respuesta llegó a Civilis, éste montó en cólera y urgió a la nación bátava al completo a tomar las armas. Se les unieron los brúcteros y los téncteros, y las noticias se esparcieron por toda Germania, que despertó a la llamada del botín y la gloria.

Entonces empezó el asedio de Vetera. Los 5.000 legionarios, encuadrados en las ya derrotadas Legiones V Alaudae y XV Primigenia, defendieron su campamento. Tacitus menciona la presencia del comandante de la Legio VI Gallica, lo que demuestra que Vetera recibió refuerzos procedentes de Novaesium. Pese a todo, los romanos estaban en minoría. Los bátavos tenían motivos para sentirse optimistas, no solo porque contaban con Ocho Unidades auxiliares bien entrenadas, y porque Civilis había entrenado a sus tropas en las líneas romanas (Resulta algo poético pensar en la revuelta como una guerra entre bárbaros bátavos y disciplinados romanos; pero, de hecho, lo cierto es que dos ejércitos romanos se estaban enfrentando)

El campamento de Fürstenberg, cerca de Vetera, era grande (56 hectáreas), moderno (apenas tenía diez años) y bien equipado.
Los arqueólogos han descubierto sus muros (hechos de adobe y madera), los cimientos de torres de madera, y un doble foso. Además, la guarnición tuvo tiempo para prepararse. Tácito menciona a menudo la Artillería romana, que debió poseer gran cantidad de munición. También asegura que no tenían víveres, lo cual es algo extraño tan poco tiempo después de la época de la cosecha. De hecho, Vetera resistió durante dos meses.

“Los bátavos y sus aliados intentaron primero asaltar los muros de Vetera, pero fue en balde. Entonces, intentaron construir instalaciones de asedio, pero no tenían los conocimientos necesarios. Aún así, demostraron estar haciendo una “guerra a la romana”, al emplear las técnicas romanas de asedio. Finalmente, Civilis decidió matar de hambre a las dos Legiones, hasta que se rindieran. Durante el asedio, Civilis envió unidades para saquear poblaciones de Germania Inferior y Galia Belgica. Los germanos de la orilla oriental del Rhin se unieron.
El líder bátavo ordenó que se saqueara a ubios y tréviros por parte de sus correspondientes vecinos, y se envió otra fuerza más allá del Maas para atacar a los menapios y morinos del extremo norte de la Galia. En ambos escenarios se reunió botín, y se mostraron especialmente rencorosos saqueando a los ubios, porque eran una tribu germana que había renunciado a su nacionalidad y preferían ser conocidos con nombre romano”.

En otras palabras, la parte norte del Imperio estaba en estado de confusión. Tácito hace uno de sus muy sutiles juegos en estas líneas. Las palabras “los menapios y los morinos del extremo norte de la Galia” [Menapios et Morinos et extrema Galliarum] contienen una referencia a unas frases muy conocidas de Virgilio, que había llamado a los Morinos “extremi hominum”, “aquellos que viven en los confines de la tierra” (Eneída 8.727).
Al usar estas palabras, Tácito recordaba a sus lectores el muy conocido hecho de que se estaba librando una guerra contra los más salvajes de todos los bárbaros, que, como todos los romanos sabían, vivían en el confín del mundo.
Las legiones V Alaudae y XV Primigenia estaban siendo asediadas en Vetera.
Marcus Hordeonnius Flaccus, menos indolente de lo que Tácito quiere hacer creer, ya había tomado medidas:
-Se pusieron estacas a lo largo del Rhin para prevenir la entrada de hordas germanas en el Imperio.
-Ordenó a la IV Macedonica que permaneciese en Moguntiacum, que debía ser resguardada a cualquier precio.
-Se enviaron mensajeros a Galia, Hispania y Britania solicitando refuerzos (existen referencias sobre unidades vascas que estuvieron durante una batalla en las cercanías de Gelduba).

La XXII Primigenia, al mando de Caius Dillius Vocula se dirigió a marchas forzadas a Novaesium, en el norte; el propio Flaccus se dirigió a la I Germanica, en Bonna, haciendo el viaje a bordo de una nave, dado que padecía gota.
En Bonna, Flaccus tuvo difícil llevar a cabo acciones autoritarias. Los soldados lo hacían responsable del paso fácil de las Ocho Unidades auxiliares bátavas. Pese a ello, pudo convencer a la Legio I de que lo siguiera, y junto a la Legión comandada por Vocula, se unió a la Legio VI Gallica en Novaesium. Continuaron hacia Gelduba.
Y entonces, de forma inesperada, se detuvo el avance. Tácito da toda clase de razones para el retraso: los legionarios necesitaban recibir entrenamiento adicional, los cugernios (una tribu dentro del Imperio que se había puesto del lado de Civilis) debían ser castigados, había que luchar con enemigos para conservar una nave cargada de cereales... La auténtica razón, sin embargo, fue la llegada de noticias provenientes del sur: Las Legiones del Danubio se habían puesto del lado de Vespasiano y habían invadido Italia.

Por Ennia Durmia