jueves, 15 de julio de 2004

Las Revueltas Bátavas (V)

Supongo que ya pensabáis que esto se había acabado, pero no. Acaba con lo que sigue:

Tras su éxito, Julius Civilis y su aliado trévero Julius Classicus fueron hacia Colonia Claudia Ara, que estaba ahora desguardada. La ciudad no fue saqueada, porque Civilis tenía una deuda con Colonia: su hijo fue mantenido vivo por sus habitantes cuando los romanos pidieron su ejecución. En lugar de eso, se convirtió en el cuartel general de Civilis.
Por ahora, los bátavos eran la tribu más importante del noroeste de Europa, sobre todo, desde que el emperador del imperio gálico había desaparecido. Durante los siguientes meses, intentarían someter a las tribus romanizadas del norte de la Galia. Algunas tribus germanas del otro lado del Rhin fueron invitadas a tomar parte en la lucha, y respondieron encantadas a la invitación para unirse al saqueo de la Galia Belgica.
Julius Civilis tenía una razón personal para esta política. Claudius Labeo, el antiguo comandante de la Unidad de Caballería bátava que había decidido una batalla a favor de Civilis, y que había sido recompensado por ello con el exilio en Frisia, había huído. Fue capaz de alcanzar al general Caius Dillius Vocula, que le ayudó a formar un pequeño ejército que atacaba las tierras bátavas y cananefates del sur. Civilis detestaba a Labeo, y sabía que los bátavos en sus tierras deseaban el fin de aquella guerra de guerrillas.
Los dos ejércitos se encontraron cerca del puente de Traiectum Mosae (Maastricht).
Civilis encontró su avance bloqueado por la resistencia de Claudio Labeo, y de aquel ejército irregular a sus órdenes, integrado por betesios, tungrios y nervianos. Labeo mantuvo su posición a horcajadas en un puente sobre el río Maas, al que se había agarrado justo a tiempo.
La batalla, desarrollada en tan escaso espacio (al parecer, las palabras latinas originales, “in angustiis”, podrían significar, textualmente, “en el paso de montaña”. Esto carece de sentido, puesto que Bemelerberg, al este de Maastricht, es una colina, no una montaña, y tampoco es un espacio confinado. Sin embargo, Tácito vuelve a hacerlo. Desde el punto de vista de los romanos, los bátavos vivían en los confines de la tierra, consistentes en bosques y montañas. Al mencionar pasos de montaña, le recuerda al lector la naturaleza del terreno, que -para una mente romana- sólo podría producir gentes salvajes) ni les dió lugar a ventajas hasta que los bátavos cruzaron a nado el río y tomaron a Labeo en el extremo.
En ese momento, con gran osadía, o por causas mayores, Civilis se lanzó en medio de las líneas tungrias, y exclamó a grandes voces:" No hemos declarado la guerra para permitir que los bátavos y los tréviros dominen a sus compañeros de tribu. No tenemos tales pretensiones. Seamos aliados. Estoy de vuestra parte, si me queréis como líder o seguidor".
Esto causó una gran impresión en los soldados de a pie, que envainaron sus espadas en el momento en que dos nobles tungrios, Campanus y Juvenalis, ofrecieron la rendición de toda la tribu.

Labeo se escapó antes de que lo rodearan. Civilis tomó a los betesios y a los nervianos a su servicio, y los incorporó a sus propias fuerzas. Se encontraba ahora en una posición fuerte, de la misma manera que las comunidades estaban desmoralizadas, o que algunos otros se sentían tentados de tomar partido a su favor para hacer su propia voluntad.

Después de la batalla de Traiectum Mosae, Civilis se desplazó hacia Atuatuca (Tongeren). Sus habitantes intentaron evitar la destrucción de la población construyendo una gran muralla, pero fue en vano: Atuatuca fue saqueada. Tras esto, el apoyo de los tungrios, que Civilis acababa de ganar, debió haber sido bastante menos entusiasta. Posteriormente, Colonia se liberó también. Entonces, Civilis regresó a Batavodurum, y lo quemó hasta los cimientos, y se retiró a La Isla (De Betuwe), y finalmente, inició conversaciones de paz.


En la primavera del año 70, Civilis estaba en la cumbre de su poder. Frisios, cananefatos, cugernios de Castra Vetera, ubios de Colonia Claudia, tungrios de Tongeren, así como los nervios; todos reconocieron la superioridad de los bátavos, y en el sur, los lingones y los tréviros también luchaban contra Roma. Sin embargo, desde el ataque a Vetera de Civilis, estaba claro que los romanos acabarían enviando un enorme ejército hacia el norte.
Su comandante, perro viejo en la guerra, era Quintus Petilius Cerialis, que no sólo era pariente del nuevo emperador Vespasiano, sino que había sido compañero suyo durante las campañas de Britania, un destino en el que, muy probablemente, había conocido a Julius Civilis.
La fuerza expedicionaria la formaban la victoriosa Legio VIII Augusta, la XI Claudia y la XIII Gemina, la XXI Rapax (una de las que apoyaron a Vitelius), y procedente de las Legiones recientemente reclutadas, la II Adiutrix. Fueron conducidas a través de los Alpes por los pasos Gran San Bernardo y Monte Genevre, pese a que parte del contingente fue por el Pequeño San Bernardo. La XIV Gemina se trasladó desde Britania, y la VI Victrix y la II Adiutrix desde Hispania.
No todas estas Legiones entraron en combate. La VIII simplemente se desplazó desde Italia hasta Argentoratum (Estrasburgo), donde algunas unidades debieron haber estado vigilando el Rhin. La XI se retrasó en Vindonissa (Windisch), en Germania Superior. Las Legiones procedentes de Britania e Hispania tuvieron que pacificar primero algunas regiones de Galia, y llegaron tarde.
Por lo tanto, el ejército de Cerialis, de hecho, lo formaban sólamente tres Legiones: II Adiutrix, XIII Gemina y XXI Rapax. Pese a esto, era un ejército poderoso, que inspiraba miedo.

El ejército del aliado de Civilis, Julius Tutor, se había dispersado incluso antes de que llegase Cerialis: los antiguos legionarios que habían pasado a estar al servicio de Tutor, volvieron a su lealtad inicial, y los de las Legiones que habían capitulado, la I Germanica y la XVI Gallica hicieron otro tanto. Ante semejante perspectiva del fracaso del ejército enemigo ante sus ojos, Cerialis avanzó hasta Moguntiacum, donde se encontró con las Legiones III Macedonica y XXII Primigenia (mayo del año 70).

El primer objetivo romano era Augusta Treverorum (Trier), que controlaba una calzada importante que iba del Mediterráneo al Rhin. Tres Ejércitos amenazaban la capital de los tréveros: las dos Legiones que habían vuelto a ponerse del lado romano; la Legio VI Victrix y la I Adiutrix de Hispania; y la XXI Rapax al mando de Cerialis desde el este. Dado que Julius Civilis aún andaba a la caza de los guerrilleros de Claudius Labeo, los tréviros tenían que aguantar lo más encarnizado de la batalla sin ayuda. Intentaron obstaculizar el avance cerca de una población llamada Rigodulum (posiblemente, la actual Riol), pero fueron derrotados. Al día siguiente, Cerialis entró en Trier. Aquí se encontró con los legionarios de la I Germanica y de la XVI Gallica. Cerialis fue comprensivo con ellos, y mostró clemencia a los tréviros y lingones, castigando sólo a aquellos que eran en verdad culpables de traición.
A partir de este momento, los romanos no solo eran superiores en táctica, disciplina y experiencia, sino también en número. Sin embargo, aún no se habían juntado sus Ejércitos, lo que brindó una oportunidad a Civilis y a sus aliados Julius Tutor y Julius Classicus. Decidieron destruir a las tropas presentes en Trier durante una incursión nocturna por sorpresa. Pudo haber sido la noche de luna nueva del 7 al 8 de junio, pero esto dista de la realidad. De hecho, los romanos fueron pillados por sorpresa y sus enemigos entraron en el campamento. Pero para entonces, las Legiones eran capaces de rechazar a los rebeldes. Precisamente esta fue la batalla decisiva de la guerra: de ahí en adelante, Cerialis pudo empezar a reconstruir la frontera del Rhin (las cuatro Legiones estacionadas en Moguntiacum probablemente ya habían comenzado la reconstrucción) y acabar con la última resistencia.

Llegaron noticias procedentes de Colonia, que se había liberado. Civilis quería suprimir esta rebelión, pero se encontró ante el hecho de que las unidades de frisios y caucos que iba a emplear habían sido asesinadas por los habitantes de Colonia.
Para empeorarlo, las tres Legiones de Cerialis (y puede que unidades procedentes de las tropas estacionadas en Moguntiacum) avanzaban hacia el norte a buena velocidad. Esto obligó al líder bátavo a volver al norte, sobre todo, cuando supo que la Legio XIV Gemina acababa de embarcar en Britania y se dirigía al continente. Civilis debió temerse que desembarcaran en la costa arenosa de la actual Holanda, y huyó rápidamente hacia Insula Batavorum. Una vez aquí, se enteró de uno de los últimos triunfos de sus tropas: los cananefatos habían destruído la mayor parte de la Armada romana. Sin embargo, era demasiado tarde: la Legio XIV había desembarcado en Gesoriacum (Boulogne), y cruzaba la Galia Belgica en dirección a Colonia.
El teatro de la guerra se iba estrechando en torno al Bajo Rhin. La invasión de La Isla (De Betuwe) no era prioritaria. Lo realmente importante era pacificar los territorios reconquistados y reforzar la frontera a lo largo del Rhin. Sin embargo, Civilis reunió un ejército y ocupó Vetera. Sus fuerzas eran demasiado importantes como para ignorarlas, y Cerialis avanzó contra él al frente de la XXI Rapax, la II Adiutrix, y las recién llegadas VI Victrix y XIV Gemina.
Ninguno de los comandantes era un indolente, pero tenían que atravesar una gran extensión de terreno pantanoso. Éste era su estado natural, y Civilis también había construido una presa en un ángulo del Rhin para contener el río, y poder anegar el terreno adyacente. Esto era, por lo tanto, el territorio que había que atravesar: un estercolero resbaladizo, un traicionero basural de tierra inundada. Esto perjudicó a las Legiones, porque en tanto que los legionarios romanos iban cargados de armas y equipo y temían nadar, los bátavos y sus aliados estaban familiarizados con los ríos y podían confiar en su elevada estatura y en la ligereza de sus cargas para mantenerse por encima del nivel de las aguas.

En respuesta al desafío bátavo, por lo tanto, los legionarios (que estaban deseando combatir) se lanzaron a la lucha, pero se aterrorizaron cuando sus armas y monturas se hundieron en las profundidades peligrosas de la ciénaga. Los bátavos sabían donde estaban los bajíos, y los atravesaban a la carrera, generalmente evitando la línea de frente y rodeando los flancos y la parte posterior. No se libraba una batalla convencional de la infantería en los flancos cercanos. No parecía sino una batalla naval, pues los hombres forcejeaban por todas partes en las aguas de la inundación o enganchaban manos y pies en cualquier porción de tierra firme donde pudieran estar de pie. Heridos e ilesos, nadadores y no-nadadores, todos se empeñaron en la destrucción mutua. Sin embargo, a pesar de la confusión salvaje, las pérdidas fueron comparativamente escasas, porque los germanos no se aventuraron mucho en la tierra inundada y volvieron a su campamento.

Hay constancia arqueológica de esta batalla: muchos objetos militares se han dragado del Rhin, que ha alterado su curso en el emplazamiento teórico del campo de batalla.
Al día siguiente, la lucha se reanudó, y esta vez los romanos pudieron derrotar a los bátavos y a sus aliados, aunque no pudieron aprovecharse de su ventaja, porque repentinamente, empezó a diluviar. Sin embargo, la batalla de Vetera significó claramente el final de la revuelta de Julius Civilis, que fue empujado de nuevo a Insula Batavorum (Se ha encontrado el monumento que la Legio VI Victrix erigió para conmemorar su victoria).

Cerialis continuó reconstruyendo la frontera. La Legio XIV fue enviada a Moguntiacum, en donde se unió a la Legio I Adiutrix; la Legio X Gemina, que había llegado de Hispania inmediatamente después de la batalla, ocupó su puesto en el ejército de cuatro Legiones de Cerialis en Vetera. Dos de las Legiones en el sur fueron reconstituídas: la IIII Macedonica y XVI Gallica, que se había deshonrado, recibieron nuevos nombres (IIII Flavia Felix y XVI Flavia Firma) y fueron enviadas a Dalmacia y a Siria. La Legio I Germanica, que era responsable del asesinato del general Caius Dillius Vocula, fue disuelta; los soldados fueron agregados a la VII Gemina en Pannonia. La misma Legio XXII Primigenia de Vocula fue recompensada. La V Alaudae y la XV Primigenia, que habían sido aniquiladas en Vetera, nunca fueron reconstituídas.
Mientras tanto, Civilis se había retirado a La Isla. Había asolado la capital bátava, Novio Magus Batavodurum (Nijmegen), y había destruído el muelle que había sido construído por Drusus, el hijastro del emperador Augustus, el año 13.

El Rhin entra en los Países Bajos por el este, y se divide en tres ríos. La rama meridional es el Waal y cruza a lo largo de Nijmegen; la central es el Rhin; y en el norte está el IJssel. Originalmente, el IJssel no era un brazo del Rhin, pero Drusus había cortado un canal y había construido un muelle grande y se cercioró de que el agua fluyera por este canal. Después de la construcción del muelle, el Rhin era la más grande de las tres ramas. Ahora que Civilis había destruído el muelle, el brazo meridional, el Waal, se convirtió en el más grande de los tres ríos (y lo sigue siendo). Puesto que los bátavos vivían entre el Waal y el Rhin, su gran dimensión tenía como resultado que su país tenía una frontera meridional que era difícil de traspasar: uno de los ríos más amplios de Europa.

Cerialis sabía que él no podría cruzar el río sin la Marina, y decidió esperar hasta tener una flota. Mientras tanto, sus soldados tenían que proteger el río. Las Legiones VI y XXI fueron enviadas a Novaesium y Bonna, la XXII Primigenia llegó desde Moguntiacum a Vetera; la Legio II comenzó a construir un puente en Noviomagus, la Legio X fue a un lugar (no identificado actualmente) llamado Arenacium. Las unidades auxiliares fueron estacionadas en Grinnes y Vada (también sin identificar en la actualidad).

Mientras tanto, los romanos estaban ocupados con la reconstrucción de las tierras del Rhin. Julio Civilis intentó atacar cuatro campamentos a la vez (él mismo atacó Vada ; su aliado Julius Classicus, Grinnes) pero los bátavos habían subestimado la velocidad y eficacia de la respuesta romana. Cerialis llegó rápidamente, y Civilis tuvo que nadar a través del Rhin para salvar su vida.
Algunos días después, los bátavos pudieron remolcar lejos el buque insignia de la recientemente reconstituida Marina romana durante una incursión por sorpresa, pero tuvieron que descubrir que Cerialis no estaba a bordo (Se cree que pasó la noche con una mujer de Colonia.) La nave fue enviada a la profetisa brúctera Veleda.

Era una humillación, y Cerialis decidió que no podía posponer durante más tiempo la invasión de De Betuwe, La Isla de los bátavos. Sus naves ya estaban listas , y la Marina había invadido La Isla por el oeste, mientras que Cerialis cruzó el Waal cerca de Noviomagus, en el sureste.

Cerialis arrasó La Isla exhaustivamente, empleando la estratagema bien conocida de dejar la tierra y las granjas de Civilis indemnes. Pero por esta época, el verano dejaba paso al otoño, y las tormentas con lluvias incesantes en el equinoccio (30 de agosto), dieron lugar a que los ríos inundaran la isla pantanosa, de poca altura, hasta que pareció una ciénaga. No había ni rastro de la flota o de los convoyes romanos en perspectiva, y los campos en la tierra plana eran arrasados por la violencia del río.
Más adelante, Civilis proclamó que las Legiones habrían podido ser machacadas en este momento, y él se encargó de disuadir astutamente a los bátavos de este propósito cuando fueron a por él. Esto puede ser verdad, puesto que algunos días más tarde, se entregó.
El relato de Tácito se interrumpe bruscamente cuando describe las negociaciones, que tuvieron lugar en un puente semidestruído en alguna parte en De Betuwe. No se sabe lo que discutieron Cerialis y Civilis, pero lo cierto es que la vieja alianza entre Roma y los bátavos fue restaurada: no fueron obligados a pagar impuestos, sino que tuvieron que alistarse en las Ocho Unidades auxiliares.

Esto no significa que los bátavos no fueran duramente golpeados. Sufrieron enormemente por su apoyo a Julius Civilis. Cada familia bátava tuvo que guardar luto por la muerte de, al menos, un hijo. Los frisios y los cananefates tuvieron que pagar el mismo peaje humano inmenso. Noviomagus, la capital bátava había sido destruída, y se ordenó a sus habitantes reconstruirla dos kilómetros corriente abajo, en un lugar donde no podría ser defendida. La Legio X Gemina fue estacionada en las proximidades, a modo de permanente vigilante.

No se sabe qué pasó con Julius Civilis, pero es difícil creer que disfrutase de una vejez tranquila. Es probable que cualquiera de los miembros de su tribu lo matase, al igual que sucedió con Arminius y Gannascus, los líderes germanos que una vez se rebelaron contra Roma y fueron derrotados.
O quizás los romanos detuvieron a Civilis. Ciertamente, Tácito escribe que le garantizaron la inmunidad, pero Cerialis no habría sido el primero ni el último comandante romano que se sintiera libre para romper la promesa dada a un hombre que había roto varios juramentos. En ese caso, Civilis habría recibido el “castigo de un felón criminal” que Munius Lupercus le había prometido cuándo los bátavos pusieron sitio a Vetera: la cruz.

Por Ennia Durmia