lunes, 22 de septiembre de 2003

La Muerte de Vespasiano: Relato corto

Noticia publicada en un periódico de Chicago el 16 de septiembre 2001.

¿Hallazgo arqueológico o material confidencial? (D. Harrisburg)

El 18 de noviembre de 1946, mientras una patrulla militar del ejército de los Estados Unidos vigilaba labores de desescombro, un grupo de operarios encontró una bomba sin estallar en el sótano de una vivienda semiderruida situada dentro del casco antiguo de Mainz (Alemania).

El lugar se acordonó en cuestión de minutos, y dos horas después, la bomba había dejado de representar un riesgo para la población. El equipo que se ocupó de la desactivación, además de retirar la bomba, dejó al descubierto un segundo sótano, unos 15 metros por debajo del primero.

Al efectuar una inspección cuidadosa del lugar, el artificiero P. S. encontró un cofre de plomo, herméticamente cerrado, que entregó al teniente al mando del equipo. Dicho cofre, con inscripciones en lengua latina en uno de sus lados, fue trasladado a Berlín, donde se procedió a su apertura. En su interior se encontraron objetos datados en el siglo I D.C., además de doce tablillas de cera con un relato aparentemente en latín.

Se clasificaron los objetos, y se remitieron las tablillas al Departamento de Lenguas Clásicas de la Universidad de Columbia. No se supo nada de dichas tablillas hasta que, en 1998, durante unas reformas efectuadas en el Smithsonian Museum, se encontraron junto con su transcripción al inglés. Habían vuelto a un cofre, ahora de acero inoxidable, y a un sótano, esta vez fuera de Alemania. Por lo que se ha podido averiguar, siguen en el mismo lugar. La transcripción que sigue se obtuvo por medios pocos ortodoxos (fotocopias no autorizadas), y corresponde a esa traducción efectuada en 1947.

"En este momento, cuando se acerca el fin de mis días, quiero dejar algo de mi memoria entre los vivos, empezando por el relato de algunos hechos que he presenciado, y cuyo origen se remonta a hace más de 60 veranos, cuando el mundo era regido por Tiberius Iulius Caesar Augustus, siendo el año de los cónsules Marcus Junius Silanus Torquatus y Lucius Norbanus Balbus. Hace un par de años no estaba aqui, sino en Italia, cerca de Pompeya. Ahora solo queda de ella el recuerdo; fue una ciudad espectacular, una ciudad en la que me encontré por una serie de circunstancias ajenas a mi voluntad, pero que han determinado que escriba estos hechos. Ni siquiera sé si podré acabar.

Lo único que sé cierto, en este momento, es lo que ocurrió aquel día de junio, desde el momento en el que amaneció, cuando abrí los ojos para empezar la dolorosa rutina diaria. En aquella asfixiante habitación, el hombre, ya anciano, se revolvía inquieto tras una noche de intensos espasmos. Los vómitos, iniciados hacía meses, parecían no tener fin, desde la mañana a la noche, un día y otro; la cabeza parecía a punto de estallarle; sus piernas apenas conseguían obedecer su deseo de llevarlo, entre horribles dolores, hasta la ventana, apartándolo de aquel lecho maloliente y sucio. Incapaz de emitir más allá de un susurro, el hombre miró a su alrededor, y alli, a los pies de su cama, vió a su acompañante más habitual desde hacía unas semanas: era yo, la que no se había apartado de su lado desde el principio de la primavera; esa mujer carente de cualquier atractivo mundano, que parecía, a una edad próxima al fin de su vida, una sombra.

Cuando me vió, en el curso de un acceso febril, hacía tiempo, lo estaba lavando, a la vez que unos esclavos retiraban los ropajes manchados, y un par de médicos bostezaban tras la agotadora jornada, y sacudían la cabeza, no tanto para despertarse, como para dar a entender su incapacidad de hacer nada distinto a lo que ya habían hecho. Al mirarlo con detenimiento, pude ver que observaba con gran atención una gran palangana, repleta de los alimentos que habían entrado y salido de su cuerpo en las últimas horas. No pudo resistir la curiosidad de preguntarme quien o qué era, qué hacía alli, porqué estaba en su habitación, porqué parecía agotada. Ni siquiera era capaz de recordar que me había conocido hacía muchos años, ni de que él mismo me pidió que me ocupase de todo apenas unas semanas atrás. Pero esto ocurrió en abril, en medio de la primavera, y ya había llegado el verano.

Cómo podía ser que esas fiebres, que lo sorprendieron en Roma, que lo habían preocupado tanto al principio, pero que ya eran parte de su existencia, después de dos meses aún no lo hubiesen matado? Cómo, qué clase de prodigio lo mantenía lejos de su último viaje? Acaso no había pasado días enteros trabajando, en medio de tremendos accesos de vómitos, casi bañado en sus propias deposiciones? No era sangre lo último que había salido de su cuerpo aquella noche, mientras un terrible espasmo lo hacía encogerse? Y ese dolor, esa muerte que intuía en sus entrañas, cuándo acabaría de una vez? Estaba presintiendo el final de su sufrimiento cuando me llamó la atención un olor; algo parecía quemarse. Girando la cabeza hacia la ventana, percibí, a lo lejos, unas volutas de humo ascender hacia el cielo. Parecía un incendio. Pero aquel olor no se parecía al de ninguno de los incendios que había presenciado, ni aquí, ni en Roma, ni en ninguna otra tierra. Y yo había conocido lugares lejanos, salvajes y extraños en un principio, y ya parte de mi ser, de mis experiencias, de mis recuerdos. Recordaba las gélidas noches en Germania, con esas lluvias eternas cuando no nevaba, las nieblas de Moguntiacum, con su humedad permanente, y su cálida primavera, los ardores del sol en Creta y en la propia Roma, y ahora, aquel calor. Un calor que no parecía despegarse de los cuerpos, un calor mezclado con escalofríos continuos en su caso. Tenía sed, tenía hambre, pero era peor cada momento, nada parecía querer quedarse en su interior. Otro retortijón le hizo llevarse las manos al vientre, y al apretarlo, ví que notó algo de lo que no se había percatado antes: duro, redondeado, grande, y que crecía dentro de su cuerpo. Se mostró sorprendido por un momento, y enseguida pareció preguntarse qué era aquello.

Un ruido lo distrajo momentáneamente de sus pensamientos, parecía un trueno lejano. Parecía imposible, la mañana era soleada, no se veían nubes.Yo también lo había oido, y me acerqué hasta la ventana. Tampoco ví nubes ni tormentas, pero si las columnas de humo que ascendían desde el otro lado de la bahía, desde aquel monte inmenso que a veces temblaba.

No era un buen augurio; durante aquella larga y agotadora noche había visto una luz surcar el cielo, una estela enorme, con una bola de fuego iniciando el recorrido. Y ahora, esto; el monte inquieto, el empeoramiento del emperador, las otras señales que había presenciado: perros aullando de repente, gallinas que dejaban de poner huevos, aguas que se estancaban en los manantiales sin ningun motivo.

Miré a Vespasiano, y lo que ví fue un cuerpo agotado, que ensayaba sus últimos pasos en este mundo, una mirada sorprendida de repente en unos ojos que ya lo habían visto todo.

No podía comunicarle mis presentimientos a alguien que estaba más allá de toda esperanza, eso lo sabía yo: muchas noches, mientras el emperador se encontraba en un estado a medio camino del sueño y el inframundo, al colocar una sábana limpia sobre su agotado cuerpo, cuando en medio de sus delirios febriles se llevaba las manos al vientre, había podido notar que algo iba terriblemente mal; aquella masa dura no paraba de crecer, y cada día era mayor. No había modo de detenerla, ni de sacarla de aquel cuerpo cansado y a punto de rendirse. La sangre que recogía cada vez con más abundancia, en los vómitos y en las heces, no presagiaba nada bueno. Acaso nadie se daba cuenta de esto? Por qué ninguno de sus experimentados médicos decía nada sobre el asunto?

Las señales eran precisas, el momento de seguir el camino se acercaba: esos ojos desesperados, ese rictus de dolor, esa lenta agonía, toda la crueldad final. Supe que era necesario hacer algo, y hacerlo pronto. Recordé una pócima que recibí en cierta ocasión, en los confines del Imperio.Una pócima que estaba guardada entre mis pertenencias desde hacía tanto tiempo que ya ni lo quería recordar con exactitud, ni las circunstancias dolorosas en que la obtuve.Era algo que reservaba para hacer más corto mi propio final. Acaso puede alguien contemplar el sufrimiento de una persona y no hacer nada? Se puede, en un momento de rendición del propio miedo, hacer el último acto de compasión, el más temido, el menos deseado? Cómo podía ser yo, justamente yo, quien tuviera en las manos la vida de Vespasiano? Aunque aquello no era vida; era solo sufrimiento, desesperación, dolor.

Salí de allí, me dirigí a mi casa, y busqué en aquel viejo arcón de madera, deteriorado por años de viajes, intemperie, golpes, traqueteos, y que contenía tantos recuerdos de mi vida. Entre ropas, pergaminos, alguna joya, vasijas y recipientes, encontré lo que buscaba: un frasco que llevaba conmigo desde hacía 20 años, el salvoconducto a la muerte dulce y rápida que para mi deseaba. No me atrevía a abrirlo, pero si sabía que lo usaría pronto.

Cuando regresé, Vespasiano estaba acostado, y un par de esclavos limpiaban los restos de su último episodio diarreico. No le dije nada a nadie, pero pedí una copa con algo de hidromiel; en ella vacié el contenido de mi frasco, tan blanco como aquel día lejano. Revolví la pócima en el interior del recipiente, y casi llorando, me acerqué a él. No dijo nada, pero levantó la cabeza y se quedó esperando. Qué podía hacer, sino dárselo? Puse la copa cerca de sus labios, y empezó a beber, lentamente al principio, con avidez a continuación. Sorprendentemente, esta vez no vomitó. No tuvo tiempo.

Pidió a los esclavos que lo acercasen hasta la ventana, y mientras lo llevaban, hizo uno de sus cínicos comentarios: "Ya me falta menos para convertirme en un dios". De repente, sonrió, aliviados sus horribles dolores, separado de este mundo, casi flotando en un mar que nadie podía ver. En aquel momento, se hizo la luz en su memoria, y asombrado, dijo mi nombre. Entonces pareció sentir una sacudida, apartó a los esclavos y, sin ayuda, se acercó hasta la ventana. Miraba algo, un algo ausente para todos, y cuya vista parecía confortarlo. Pasaron unos momentos, un breve espacio de tiempo que se hizo eterno, y se quedó quieto, muy quieto; sólo sus manos se movieron para agarrar el cortinaje. Cuando los esclavos se acercaron, les pidió que no lo sujetaran, porque un emperador debe morir de pie. Así, poco a poco, su rostro se fue relajando, su rictus de dolor se desvaneció, pareció quedarse dormido, despacio, muy despacio, hasta que sus piernas no pudieron seguir sujetando su cuerpo, hasta que sus dedos dejaron de aferrarse a las cortinas, a aquella larga vida que ya había dejado atrás. No pude seguir allí, me negaba a verlo sin vida, a presenciar su desaparición en una pira funeraria. Sabía que mis recuerdos no habían muerto, pero mi dolor se fue con él.

No recuerdo cómo salí de allí, en medio de una niebla espesa, que me envolvía y helaba el corazón. Pero no era posible, era el principio del verano, ya había visto el cielo claro. Supe que esa niebla, ese frío, me estaban viniendo del interior.

Nunca sabré cuánto tiempo tardé en recorrer la distancia hasta mi casa, no sé que hice el resto de aquel día, y no me importa no saberlo. Sólo recuerdo que me encontré ante el arcón, que había quedado abierto, y al ver su contenido, ví también lo que había sido mi vida hasta entonces, desde aquel remoto día, hacía 60 años, en que llegué a Roma desde una pequeña población de Germania."


Por Ennia Durmia Gemina